viernes, 10 de diciembre de 2010
El Caca de Roma relaciona ateísmo con nazismo.
El antisemitismo no lo inventaron los nazis ni mucho menos (Hitler nació y se crió en una sociedad profundamente antisemita: Hitler y el nazismo son un producto del contexto histórico de su época en el cual la Iglesia jugó un papel determinante) sino que es la consecuencia natural del tradicional antijudaísmo cristiano: los distintivos amarillos en la ropa de los judíos los impuso el papa Inocencio III en 1215 en el Cuarto Concilio de Letrán; los guetos, las ceremonias antijudías, las falsas acusaciones de utilizar niños cristianos en crímenes rituales, la quema de sinagogas... Todo eso lo practicó la Iglesia siglos antes de existir el nazismo como parte de su multisecular antijudaísmo al considerar a los judíos un pueblo deicida basándose en la absurda colección de mitos y disparates que es la Biblia.
En el Nuevo Testamento ya comienzan las manifestaciones antijudías del cristianismo. Pablo (el auténtico fundador del cristianismo) escribió: "Caiga vuestra sangre sobre vuestras cabezas". Los declara malditos "hasta el fin del mundo", "inmundicia", etc. En los Hechos de los Apóstoles se les define como "traidores y asesinos"; en la Carta a los Hebreos como personas que han "lapidado, torturado, aserrado, matado a espada"; el Evangelio de Juan los presenta más de cincuenta veces como enemigos de Jesús, herejes, hijos de Satán; en el Apocalipsis aparece la expresión "sinagoga de Satanás".
Los llamados doctores de la Iglesia han proporcionado sobradas muestras de antisemitismo. Veamos lo que piensan algunas de las más conspicuas plumas de la Iglesia acerca de los judíos: San Efrén los considera canallas, serviles, dementes, servidores del demonio, criminales, apestosos, sanguinarios incorregibles, noventa y nueve veces peores que un no judío, nación enloquecida, etc.; Juan Crisóstomo en sus escritos señala el carácter asesino y homicida de los judíos, llenos de afán de matar, miserables, maestros de iniquidades, parricidas y matricidas, diabólicos, más crueles que las fieras, estafadores, ladrones, lujuriosos, etc. Para este doctor de la Iglesia los judíos "reúnen el coro de los libidinosos, las hordas de mujeres desvergonzadas, y todo ese teatro junto con sus espectadores lo llevan a la sinagoga. Así pues, no hay ninguna diferencia entre la sinagoga y el teatro. Pero la sinagoga es más que un teatro, es una casa de lenocinio, un cubil de bestias inmundas"; "animales que no tienen uso de razón", "bestias sólo útiles para el matadero". La justificación ideológica a la Solución Final nazi ya se encuentra desde hace siglos en los textos de los beatísimos doctores de la Iglesia.
La Iglesia creó y mantuvo durante siglos y hasta fecha tan reciente como finales de los años sesenta, un Índice de Libros Prohibidos, obras que no se podían editar, leer ni poseer bajo severas penas impuestas por el régimen de terror de la Iglesia (tortura, prisión perpetua, muerte en la hoguera, etc.). En ese Índice se encontraban obras cumbre de la historia de la filosofía, la literatura y la ciencia, que durante siglos fueron hurtadas por la Iglesia a la humanidad. En ese Índice la Iglesia jamás incluyó Mein Kampf de Hitler. Para la Iglesia el ideario nazi no era algo malo o dañino. No podía serlo, dado que la Iglesia llevaba practicándolo la friolera de diecisiete siglos.
La forma que encuentran los apologistas de responder a las acusaciones que se le hacen a la Iglesia es muy frecuentemente hacer referencia a los crímenes cometidos por otras instituciones de poder diferentes a la Iglesia. Independientemente del hecho de que es materialmente imposible igualar y ni siquiera acercarse a los crímenes cometidos por una institución que lleva diecisiete siglos actuando y que ha estado íntimamente vinculada al nazifascismo, el propio hecho de emplear ese argumento por parte de los apologistas es una autorefutación de la principal tesis de la Iglesia, esto es, que es una institución especialmente instaurada por Dios; que además de un poder temporal tiene un poder espiritual; que pretende estar en una situación de superioridad moral al poseer la verdad absoluta fundada en la supuesta palabra revelada de Dios que es la Biblia, etc. Como resulta evidente para cualquiera que no tenga su cerebro secuestrado por las supersticiones religiosas, nada de eso es cierto: la Iglesia es una institución de poder más, y como tal a lo largo de la historia ha hecho todo lo posible por mantener y ampliar su poder, empleando para ello los métodos más brutales. La diferencia entre los crímenes de la Iglesia y los de otras instituciones de poder es que la Iglesia es la única institución que niega y hasta justifica dichos crímenes, amparándose tras el concepto abstracto y fruto de la imaginación humana que es Dios.
Ya son un clásico estas declaraciones del tipo este, que siempre que puede no pierde la oportunidad de soltar la estupidez de turno vinculando ateísmo con nazismo; pero este grandísimo hipócrita, antiguo miembro de las Juventudes Hitlerianas, en unas recientes declaraciones ha demostrado el alcance de su desfachatez y cinismo al comparar la situación actual de España con la de la II República y ha exhortado a una reevangelización del país. Lo que no ha dicho el nazi este es cómo pretende que se acometa dicha reevangelización; si pretende que se haga mediante las armas como sus antecesores nazifascistas hicieron en 1936 y que es el único método que conoce la Iglesia para imponer sus absurdos, contradictorios e irracionales dogmas, mediante la violencia.
sábado, 25 de septiembre de 2010
Ratzinger: un papa nazi.
Existen muchas formas de eximir responsabilidades. Nuestra sociedad occidental, católica, apostólica y romana es rica en argumentos absolutorios. El mercado ofrece amplia gama para tranquilizar la conciencia. Si lo hace ante el confesor, el pecado se resuelve en el bis a bis entre el sacerdote y el transgresor. Se absuelve al pecador por el rezo y la constricción. Amparado en el secreto de confesión me acuso de matar: cuatro padre nuestros y dos rosarios cantados; de violar: tres ave maría y dos padre nuestros; de robar: ayuno y rosario. Y a la semana siguiente, más de lo mismo. Así se puede estar toda una vida matando, violando o robando convencido, domingo a domingo, que la absolución del sacerdote deja limpio de pecado y purifica el alma. La defensa de la fe consiste en mantener vivo este principio y no cuestionar su existencia. Sobre todo en una sociedad capitalista donde Iglesia y Estado comparten una teología política sobre la cual construyen su poder omnímodo. Joseph Ratzinger lo sabe, por eso persiguió durante 25 años, como prefecto de la Congregación de la Fe, antigua inquisición, a los teólogos reformadores más destacados del siglo XX y calló ante el asesinato de sacerdotes de la teología de la liberación. Mas la sociedad política exonera hoy el pasado secular y la biografía ciudadana del nuevo papa. Ratzinger forma parte de una institución, la Iglesia, en cuya organización coexisten cardenales, obispos, arzobispos, párrocos y cohabitan pederastas, nazis, ladrones, corruptos, mafiosos, torturadores, asesinos, anticomunistas, y algunos católicos honestos. Es una institución cuyo poder se extiende a la sociedad civil y donde la capacidad de controlar la vida después de la muerte y la purificación del alma le otorga un plus capaz de competir con el poder de cualquier empresa transnacional. Sus mecanismos de presión son los mismos que utiliza cualquier monopolio a la hora de maximizar sus beneficios y de imponer sus dogmas. Poca diferencia existe entre el FMI y el Vaticano.
Con motivo de la elección del nuevo director gerente del consejo de administración de la Iglesia, emerge una biografía pública poco conocida de la juventud del elegido, ahora Benedicto XVI. A los 13 años, por decisión propia se afilia a las juventudes hitlerianas, hecho irrelevante en su carrera al purpurado o intrascendente, pero que cobra fuerza a los efectos de su transfiguración en papa. Sobre todo si consideramos que tras la decisión de los cónclaves se expresa el Espíritu Santo. Es decir, su iluminada fe sabe que un muchacho alemán en pleno Tercer Reich asume el ideario nazi y más adelante participa de su organización militar. Hoy, para redimirlo se argumenta la deserción del mozo en medio de la batalla. Nada nos dice si tal acto supuso el abandono de la ideología nazi. Muchos ex militantes del partido nazi, tras la derrota militar, han mantenido sus convicciones sólo que no lo publicitan al no ser requisito para sobrevivir. Recordemos que en Alemania, para cubrir este pasado ignominioso de muchos cobardes se intenta justificar la pertenencia a las juventudes hitlerianas como parte de una imposición del Tercer Reich a la ciudadanía. Argumento falso. Muchos alemanes se negaron a serlo y pagaron por ello. Sin embargo, hoy, tras medio siglo del Holocausto un ex joven nazi es elegido sucesor de Pedro. Para más INRI ejerció, ya lo señalamos, durante 25 años vocacionalmente la inquisición durante el papado de Juan Pablo II. Es decir, estamos en presencia de un hombre que se labra su personalidad acorde con sus principios ideológico-políticos. Es reincidente y se jacta de ejercer el poder de manera totalitaria y sin espacio para la crítica, el diálogo o un encuentro con la tolerancia y la diferencia. Ratzinger aplicó el principio de la solución final para el discrepante. Se manifestó abiertamente contra el avance de la ciencia, la razón humana, el progreso y la teoría de la evolución. Condenó no sólo a teólogos y teologías de la liberación humana: ha sido escrupuloso defensor de una Iglesia cerrada y elitista comprometida con el poderoso.
Resulta curioso que creyentes, católicos practicantes, dirigentes políticos y miembros de la sociedad comprometidos con la defensa de la democracia y la dignidad no levanten con mayor fuerza su voz y reclamen contra semejante ignominia al elegir un nazi confeso como su pastor. Al menos deberían exigirle abominación pública del nazismo. De lo contrario la responsabilidad de los católicos en la absolución del nuevo papa de su pasado nazi e inquisitorial es tan importante como la de quienes en el agnosticismo podemos comprobar que durante 40 años, Ratzinger ha sido un gran baluarte en la práctica de los métodos de la contrarreforma. Ahora resulta que haber sido nazi por convicción es un atenuante en el currículum para llegar a papa. Antes podía haber cortado la carrera a la designación, en este momento se soslaya. El argumento que exime es caricaturesco: todos los alemanes eran nazis, no menos que todos los italianos fascistas. Podemos hacer una larga lista inclusiva donde apelar al "todos son" o "eran" acaba por ser una gran mentira. Ni todos eran ni todos son. En Chile, militares se opusieron a la tortura y fueron asesinados. En Argentina y otros países sucedió algo similar. Pero existe la vulgarización donde se oculta la vida ejemplar que rescata la condición humana y donde se refleja toda la esencia ética de la dignidad. Es mejor apoyar la cobardía bajo el "todos" eran nazis y camisas negras. Ni todos fueron ni todos eran. Para ejemplo: Sócrates y Giordano Bruno. Y muchos que desde el anonimato defienden la dignidad y la condición humana. Si no, preguntenle al EZLN.
Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=14401