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domingo, 26 de septiembre de 2010

La Iglesia es una institución fascista.


El 1 de julio de 1937, acaban de cumplirse 70 años, la jerarquía de la Iglesia católica española selló oficialmente el pacto de sangre con la causa del general Franco. Ese día vio la luz la Carta de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la Guerra de España, redactada, a petición de Franco, por el cardenal Isidro Gomá, con la firma de todos los obispos españoles menos Mateo Múgica (Vitoria) y Francesc Vidal i Barraquer (Tarragona), nos recuerda el profesor de historia Julián Casanova. La espada vencedora, ofrendada por el caudillo a Dios el 20 de mayo de 1939 en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid y recogida con unción por el jefe de la Iglesia española, sigue custodiada en el Tesoro de la Catedral Primada por sus fervientes sucesores.


«El 11 de marzo de 2001 Juan Pablo II beatificó a 226 valencianos muertos en la guerra civil `por el odio a la fe', entre los que había sacerdotes, religiosos y seglares. Fue uno de los mayores actos de beatificación celebrado en la plaza de San Pedro de Roma y tuvo su origen en las causas iniciadas por el arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, considerado por los sectores menos integristas de la Iglesia valenciana como un hombre `con una cierta mentalidad nacionalcatolicista'. Además, la diócesis de Valencia instruye la causa de canonización de otros 250 mártires, cuyo proceso abrió el arzobispo en junio de 2004».


¿Sorprendente? «Las facilidades concedidas por el Ayuntamiento de Valencia al proyecto de honrar la memoria de los muertos en el bando nacional con la erección de una iglesia-santuario chocan con los impedimentos que el Consistorio ha puesto para parar las obras de construcción de nichos sobre una fosa común del cementerio de Valencia en la que, según el Fòrum per la Memòria Històrica del País Valencià, hay enterrados cientos de personas que fueron ejecutadas tras la guerra civil. Las obras sobre la fosa común fueron paralizadas cautelarmente por un juzgado, que finalmente dio la razón a esta asociación». Una vez más se demuestra aquí que la Iglesia es sólo tolerante cuando es minoría, pero en cuanto el Estado privilegia al cristianismo se acabó la exigencia de tolerancia y libertad. Con esas ceremonias de beatificación, la Iglesia católica española continúa siendo la única institución que, ya en pleno siglo XXI, mantiene viva la memoria de los vencedores de la Guerra Civil y sigue humillando con ello a los familiares de las decenas de miles de asesinados por los franquistas, recalca de nuevo el catedrático Casanova.


En una entrevista reciente Jon Sobrino, ante la pregunta formulada por Jesús Ruiz Mantilla -en referencia al obispo asesinado Romero, al teólogo de la liberación Ellacuría y a tantos otros y otras latinoamericanos, luchadores por la justicia asesinados en el Chile del catolicísimo Pinochet, en la Argentina de Videla y en tantos otros países bajo el manto protector del Vaticano- ¿cómo estas personas tan próximas al martirio, que se han jugado el pellejo, no se las reconoce como a auténticos Cristos en su Iglesia?, respondía: «Yo tampoco lo entiendo. Me preocupa y a veces me indigna. Mi esperanza es que pronto, oficialmente o con algún signo eclesial que todo el mundo entienda, canonicen a monseñor Romero y a todos los mártires latinoamericanos y del Tercer Mundo». Alguien pudiera pensar: ¡No caerá esa breva! Pero estos cristianos tan solo son periferia y pus o, en expresión acuñada por ellos, herejía en el cuerpo eclesial.


Todos los intentos por eliminar de raíz la miseria de las masas y lograr mejoras sociales básicas viene saboteando la Iglesia desde entrada la antigüedad como una rebelión contra el ordenamiento social dado por Dios. El sistema feudal de la Edad Media, sus privilegios de clase, la servidumbre, la esclavitud... todo esto era para la Iglesia, hasta los nuevos tiempos, algo dado y querido por Dios, como un reflejo del orden celestial. Tomás de Aquino, el teólogo oficial de la Iglesia, justificó el mantenimiento de la esclavitud.


Durante toda la Edad Media la Iglesia no rechazó ni la esclavitud ni el comercio de esclavos. La Iglesia se convirtió en un poder meramente conservador y dirigió la mirada de sus pobres creyentes hacia el cielo, que un día debería satisfacer todos sus sueños, mientras ella se enriquecía terriblemente. Las mejoras sociales de los tiempos modernos no se han conseguido a través de la Iglesia sino en contra de ella. Para uno de los teólogos más importantes, Martín Dibelius, la Iglesia se ha mostrado precisamente como «guardia de corps del despotismo y del capitalismo. Por eso todos los que deseaban una mejora de la situación en este mundo se han visto obligados a luchar contra el cristianismo». El Vaticano santificará la caridad de la monja rumana Teresa de Calcuta pero condenará con anatema y castigo la reivindicación justa de monseñor Romero y otros, defensores de una teología liberadora o de los pobres.


De ahí que a muchos, en cambio, nos parezca deshonra para un verdadero revolucionario, además de pura contradicción, el que la Iglesia proclamara santo a Romero o a Giordano Bruno. Debería sorprendernos el que todavía hoy haya cabezas altamente cualificadas e incluso instruidas que tengan ideas tan peregrinas de los santos. Permítaseme la alusión a una idea, formulada por el gran Karlheinz Deschner en «La Historia criminal del cristianismo»: «el honor de los altares no alcanzaron mendicantes humildes y florecillas, no; fueron explotadores, ladrones, antisemitas, chantajistas, falsificadores, incendiarios, especialistas en sobornos, criminales y asesinos de masas». Claude-Adrien Helvétius se dio cuenta: «Cuando se leen sus santas leyendas se encuentran los nombres de miles de asesinos canonizados. ¡Y casi todos de las clases altas! Todo lo que la gente considera santo tiene un perfil corrosivo». Realmente cuando los cristianos caminaron por un baño de sangre fue cuando la Iglesia comenzó a quemar herejes y brujas. El número de todos los mártires cristianos de los tres primeros siglos se calcula, muy por lo alto, en 1.500, número muy cuestionado porque sólo se conserva información escrita tan sólo de un par de decenas de mártires. Cabe mencionar aquí lo leves que fueron los sufrimientos de los cristianos de entonces en comparación con las persecuciones y torturas que la Iglesia católica propició a herejes y brujas. Los métodos refinados de tortura y salvajismo de la Iglesia pueden verse hoy en los museos del horror humano. Sólo el católico duque de Alba mandó ejecutar a más de 20.000 protestantes. Los cristianos asesinaron a cientos de miles de judíos. Las víctimas de la locura de la Iglesia en contra de las brujas se calcula, muy por lo bajo y sólo en el Sacro Imperio Romano Germánico (962-1806), alrededor de 200.000 según Rolf Schulte en su libro de tesis doctoral Hexenmeister.


El pasado 18 de julio, largos setenta años después, la Iglesia católica española, fiel a su espíritu de la Edad Media, levantó su brazo herrumbroso y mohoso desde el sepulcro de Franco del Valle de los Caídos para gritar de nuevo por medio de sus obispos su eterno y conocido: ¡Viva Franco, arriba España! Y es que el Movimiento Nacional con Franco encarnaba las virtudes de la mejor tradición cristiana, la del antijudío Isidoro de Sevilla, la de la Inquisición, la de Gomá y Segura, la de Cañizares, Fernando Sebastián, Rouco Varela, García-Gasco, hombres feudales capaces, como certeramente denuncia Muthiko Alaiak, de proseguir con su báculo y sus enseñanzas la negra historia del cristianismo... Amantes de la libertad, empero, nos reunimos en este julio en torno a la casi centenaria republicana y abertzale Emilia de la Bodega para brindar por los revolucionarios abertzales y brigadistas internacionales de entonces y de ahora.



Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=54052

jueves, 9 de septiembre de 2010

La Iglesia católica aliada del nazifascismo.

El papa Pío XII, el papa de Hitler, felicitó por telegrama al dictador genocida Francisco Franco pocas horas después de que éste anunciase que el ejército rojo estaba "cautivo y desarmado".

Telegrama de Pío XII a Franco:

"Levantado nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente, con Vuestra Excelencia, la deseada victoria católica en España. Hacemos votos por que este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas y cristianas tradiciones que tan grande la hicieron".

Respuesta de Franco:

"Intensa emoción me ha producido paternal telegrama de Vuestra Santidad con motivo victoria total de nuestras armas, que en heroica Cruzada han luchado contra enemigos de la Religión, de la Patria y de la civilización cristiana. El pueblo español, que tanto ha sufrido, eleva también, con Vuestra Santidad, su corazón al Señor, que le dispensó su gracia, y le pide protección para su gran obra del porvenir".

La "victoria católica" fue bendecida a lo grande por Pío XII en un mensaje radiofónico el 16 de abril de 1939 dirigido a la "católica España". El papa se congratulaba "por el don de la paz y de la victoria", confirmaba el carácter religioso de la guerra, recordaba a los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles "que en tan elevado número han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la Religión católica", y pedía seguir "los principios inculcados por la Iglesia y proclamados con tanta nobleza por el Generalísmo de justicia para el crimen y de benévola generosidad para con los equivocados".

Lo que importaba era que los "designios de la Providencia" se habían vuelto a manisfestar una vez más sobre la "heroica España", nación elegida por Dios desde tiempos inmemoriales, que acababa de dar "a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu".

Franco quedó entusiasmado con el mensaje. Hubo también en Roma un tedeum (cántico que usa la Iglesia católica para dar gracias a Dios por algún beneficio) y "recepción por el final victorioso de la guerra", organizado por el cardenal Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI, celebrado el 12 de abril en la iglesia jesuita del Gesú con la participación del Colegio Cardenalicio y de la Secretaría de Estado del Vaticano. La Iglesia celebró así por todo lo alto la victoria del dictador criminal fascista Francisco Franco Bahamonde.

jueves, 19 de agosto de 2010

La hipocresía criminal de la Iglesia.

La Iglesia niega la comunión a los diputados que votaron a favor de la ley del aborto pero no niega la comunión a genocidas, lo que convierte a la Iglesia en cómplice y artífice de crímenes, torturas y genocidios.

viernes, 9 de julio de 2010

La homosexualidad como pecado y delito.

Durante el franquismo, la Iglesia gozaba de un poder total, encontrándose infiltrada a todos los niveles: social, político, económico, etc. La Iglesia y el franquismo estaban indisolublemente unidos en la doctrina denominada nacionalcatolicismo. No se puede decir que el franquismo fue dañino y pernicioso para España sin aplicar los mismos calificativos a la Iglesia católica.

En esa época cosas como la homosexualidad o la blasfemia estuvieron tipificadas como delito en el código penal, pudiendo ser enviados a la cárcel aquellos que fuesen encontrados culpables de tales "delitos"; esto es lo que pasa cuando se le da a la Iglesia poder para legislar, sucediendo que comienzan a aplicar la única ley que conocen, la ley de Dios, convirtiendo el Estado en una teocracia; cuando se le da poder a los curas, éstos se desmadran y comienzan a legislar con la Biblia en la mano, aplicando todas las barrabasadas que en ésta se hayan recogidas.

La Iglesia no entiende absolutamente nada de derechos humanos o libertades individuales; de este modo aun hoy en día la Iglesia y su opulenta jerarquía siguen sosteniendo empecinadamente que la homosexualidad es un "pecado", promoviendo y alentando entre la población conductas, tales como la homofobia, que se consideran superadas en las sociedades actuales.

La tradicional estructura autocrática y autoritaria de la Iglesia, hace que históricamente se haya llevado muy bien con los regímenes dictatoriales, dado que se ve replicada en ellos; y así es como la Iglesia ha proporcionado apoyo moral y justificación ideológica a los más violentos regímenes fascistas y brutales dictaduras militares del siglo XX en todo el mundo.

Sin salirnos de España, la Iglesia y el franquismo eran una sóla y la misma cosa, como ha quedado dicho más arriba, teniendo la guerra civil española carácter de "cruzada" y siendo Franco considerado caudillo "por la gracia de Dios", como quedó acuñado en las monedas de la época. Para el papa Pío XII, la forma ideal de gobierno era la que se daba en España, y así felicitó personalmente a Franco por la "victoria católica" en España, llegando a otorgar a Franco en 1953 en una solemne ceremonia la más alta condecoración que concede el Vaticano: la Suprema Orden de Cristo.