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lunes, 20 de septiembre de 2010

Moral de Convento: La represión integrista católica de la España franquista.

LA ÚLTIMA DICTADURA TEOCRÁTICA INTEGRISTA CATÓLICA DE OCCIDENTE.

“Moral de Convento” es un reportaje emitido en el programa Informe Semanal, que analiza como el régimen genocida del General Franco se esforzó por anular los avances sociales de la República instaurando la última dictadura teocrática integrista católica de occidente.

LA IGLESIA CATÓLICA, CÓMPLICE DEL DICTADOR
fue la encargada de dictar las normas morales, que reprimieron con su “moral de convento” a la población. Las escenas del vídeo con los obipos rindiendo pleitesía al genocida que entraba bajo palio a la iglesia forman parte de un reciente pasado del que la institución se niega a pedir perdón.
Acabada la Guerra Civil, el régimen franquista no sólo se instaló en todas las instituciones políticas del país, también invadió los espacios más íntimos de la vida privada de los españoles. La Iglesia Católica dictó su moral, sus normas de conducta y asumió como propia la defensa de la pureza de la mujer española. Fue la mujer la que más sufrió esta represión. Las mujeres tenían que llegar vírgenes al matrimonio, Las redadas policiales en los típicos lugares donde acuden las parejas a mantener relaciones son habituales, y el castigo a los detenidos además de la multa económica, ven sus nombres publicados en los diarios.

EL TRIUNFO DE LA SUPERCHERÍA: LA IGLESIA OFRECE LOS DATOS DEL CENSO DEL INFIERNO.
Los obispos afirman que el 99% de los condenados al infierno lo habían sido por falta al sexto mandamiento. El Cardenal Pedro Segura y Sáez , que consideraba a Franco “blando frente al mal” declara el baile agarrado pecado mortal. En algunas zonas rurales se imponen costumbres como por ejemplo que si una mujer no tenía éxito con su primer novio, no podía volver a intentarlo con otro. Hasta tal punto llegó la intromisión de la iglesia en el control de la moral que crearon una “línea de bañadores” para que la mujer española no enseñase carne en la playa.

LA DOBLE MORAL es un capítulo aparte: como se explica en el reportaje, los fieles que vestían camisa azul por su adhesión al régimen tenían “carta blanca” para no respetar las normas morales cristofascistas de la dictadura siempre que lo hiciesen con discreción.

Vídeo: Reportaje “Moral de Convento“. 16 minutos



Fuente: http://www.lasmalaslenguas.es/2010/07/19/moral-de-convento-represion-integrista-catolica-espana-franco/

sábado, 11 de septiembre de 2010

Usted los paga y el obispo los manipula.

Francisco Gil Craviotto.

El culebrón de los profesores de religión es como para morirse de risa o de pena -según se mire- y demuestra con toda claridad que Valle Inclán no se equivocó cuando dijo aquello de que éste es un país esperpéntico. Para comenzar, lo primero que llama la atención es el sistema que reina en España para ser profesor de religión: los elige a dedo el obispo de la diócesis. De esta manera ocurre que, mientras que todos los demás profesores de cualquier escuela o instituto han tenido que realizar una carrera y superar unas oposiciones, el de religión entra en el colegio o instituto sin otro aval que el del obispo que lo envía. No termina aquí lo insólito del caso, lo mejor viene ahora: a este profesor no lo paga la Iglesia, como en buena lógica debería ocurrir, sino el Estado; es decir, el contribuyente. Puede muy bien suceder que usted, ciudadano de a pie y contribuyente, sea católico y esté encantado en pagar al profesor que envía el obispo a dar clase; pero también es posible que sea protestante, judío, musulmán, o acaso, decididamente agnóstico o ateo y no lo esté tanto o incluso en modo alguno. No importa: usted paga, el obispo manipula y los políticos siguen alardeando de que este es un país laico.

No termina aquí lo absurdo del caso. El meollo del culebrón viene cuando el obispo en cuestión, porque le place, llega a la arbitrariedad de cambiar a un profesor de religión por otro. Otro más dúctil y maleable, se sobreentiende. Se verá mucho mejor si ponemos un ejemplo. Helo aquí:

Imaginemos por un instante uno de estos profesores. En nuestro caso, dado que estamos en la época de los feminismos, va a ser una profesora. ¿Le ponemos un nombre? ¿Le gusta al lector el nombre de María del Mar? Ya está. María del Mar es una chica joven -menos de treinta años-, simpática, que frecuenta la parroquia, y habla y escucha a todo el mundo. Es relativamente culta -incluso se ha atrevido a leer, un poco a hurtadillas, el “Cándido” de Voltaire y la novelita “San Manuel bueno y mártir” de Unamuno- y viste con decoro y decencia. Nada de mini faldas ni blusas con el ombligo al aire. Ha ayudado al párroco en su labor de catequesis y conoce al obispo desde la época en que todavía no era obispo, así como a la mayor parte de la camarilla que lo rodea. Es, -al obispo no le cabe la menor duda-, la persona ideal para ocupar el puesto de profesora de religión. El primer año transcurre como la seda. El obispo la felicita. En el instituto, ese primer año conoce a otro profesor -el de matemáticas- con quien comienza a intimidar. Paseos al atardecer cogidos de la mano, besos en la soledad de un parque. Un día el profesor de matemáticas consigue llevarla a su estudio. Ven libros, oyen música, beben una copita y después otra. El final es que terminan en la cama. La experiencia le ha resultado agradable. Se impone la repetición y ya no hay final de semana que no visite el estudio del matemático. Sus amores son tan discretos que en el instituto casi nadie sabe que él y ella son novios; sin embargo, el obispo, que tiene ojos y oídos por todas partes, sí que lo sabe. Muy pronto, a través del párroco y otros fieles servidores, comienza una campaña de acoso que al final, con el beneplácito de la Iglesia, termina en boda. A los seis meses nace el primer niño, año y medio después viene el segundo. Todo perfecto. Pero al instituto llega una profesora de literatura que al matemático lo deja deslumbrado. Muy pronto se da cuenta de que para él es más agradable hablar de Lorca y de Machado que del milagro del pan y de los peces o del sermón de la montaña. El cuarto curso de Mar en el instituto coincide con su divorcio. Inmediatamente queda invalidada por el arzobispo para la enseñanza y, sin esperar siquiera a las vacaciones, a mitad de curso es reemplazada por otro profesor, ahora hombre, al que el Estado le paga con la misma obediencia con que antes le pagaba a Mar. De la noche a la mañana Mar se ha quedado sin trabajo y con dos hijos a las espaldas. De nada le han valido demandas ni súplicas. Mientras tanto, el obispo de nuestro cuento sigue repartiendo bendiciones y el matemático -tan divorciado como ella- con sus binomios, hipotenusas y catetos.

Sólo es un ejemplo entre cientos.

Lo más impresionante en esta sucesión de arbitrariedades e injusticias es la argumentación de los políticos. Todos se escudan en el mismo tópico: el concordato. Uno no puede evadir la inevitable pregunta: ¿tan inamovible es el concordato que puede pisotear los más elementales principios de nuestra Constitución y los derechos del hombre? II. “Decíamos ayer…” Fue la frase que, dicen, pronunció Fray Luís de León cuando, después de haber permanecido cinco años en las mazmorras de la Inquisición, volvió a su cátedra de Salamanca. La Inquisición -o la santa Inquisición, como dicen los beatos-, ese gran invento de la Iglesia Católica para evitar, mediante la tortura y el fuego, toda disidencia, no sólo atacó a judíos, moriscos y luteranos, sino que también se cebó en los suyos, como fue el caso de Fray Luis.

Yo también decía ayer que me parece escandalosamente abusivo que con el dinero del contribuyente, sea católico o no lo sea, se paguen las clases de religión. Si en mi alegato de ayer contemplaba el problema proyectando toda mi atención sobre el profesor, hoy lo voy a hacer deteniéndome sobre todo en la víctima: el niño que tiene que sufrir esas clases.

No estará mal precisar al lector que, al decir víctima, hablo por mi propia experiencia: yo sufrí esas clases que, hablaban de pecados, demonios, infiernos, purgatorios, cielos y limbos, y llenaron mis días -y sobre todo mis noches- de desasosiegos y pesadillas. Las viví hasta que, llegado a la edad adulta, logré sacudirme todo ese lastre clerical. El niño no tiene capacidad para distinguir la verdad irrefutable -por ejemplo: la Tierra da vueltas alrededor del Sol-, de la pura entelequia que no tiene más soporte que la fe. El niño se traga el rollo del cura o la beata y termina traumatizado ante la posibilidad de que a él le pueda caer alguno de esos atroces castigos. Jamás se le ocurrirá pedirle al cura o a la beata el documento notarial y fehaciente que demuestre la existencia de tales lugares de tormento.

Entonces eran inevitables aquellas clases de religión.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=112772&titular=usted-los-paga-y-el-obispo-los-manipula-

martes, 27 de julio de 2010

Libertad de conciencia.

FRANCISCO DELGADO.

La construcción del Estado laico, desde el ámbito jurídico y simbólico, es una enorme deuda que tenemos con la democracia y con el Estado de Derecho: ello implica la total separación del Estado de las iglesias y la eliminación de los enormes privilegios que una determinada confesión (la católica) disfruta, herencia de un Estado teocrático y autocrático. Aunque haya discrepancias sociales y políticas, resulta necesario, dada la realidad histórica y actual, legislar en esta materia, con el fin de evitar confrontaciones y de que el “poder judicial” legisle a través de sentencias, papel que no le corresponde.

Padecemos las acciones integristas de minoritarios grupos de fanáticos católicos y de un rancio clero que, utilizando recursos del conjunto de la ciudadanía, hacen política, influyen y amenazan con la complicidad de una parte del poder político y mediático.

Pues, a pesar de ello, el Estado laico lo estamos intentando construir, con muchas dificultades, una importante parte de la sociedad civil –cada vez más secularizada– demostrando que somos capaces de convivir, de forma racional, personas de las más diversas convicciones, pero que necesitamos de un soporte jurídico clarificador.

En estos días estamos viviendo, con mayor o menor intensidad, unas fiestas que se denominan de Navidad o Pascua de tradición judeo-cristiana. Esta época “festiva” y de “convivencia” fue considerada, durante mucho tiempo, en el Estado español, como un símbolo del poder religioso excluyente, siendo obligatorio participar de rituales católicos impuestos. Incluso hoy, todavía, hay quienes, desde el ámbito público y religioso, se empeñan en orientar erróneamente esa respetable pero particular tradición católica hacia el conjunto de la ciudadanía.

Sin embargo, hay que argumentar algo sobradamente conocido: estas fiestas tienen un origen ancestral en general relacionado con los días del solsticio de invierno, que múltiples culturas en todo el planeta, desde cosmovisiones divinas o de otra naturaleza, muy anteriores al cristianismo (griegas, romanas, persas, etc. y después del cristianismo: culturas como la azteca y otras en diversos continentes) celebraban. La realidad histórica es que fue el cristianismo de los primeros siglos el que se sumó a esa celebración, con el fin de ganar adeptos en la antigua Roma, extendiéndose de forma diferente en según qué países y mayoría religiosa, sobre todo después de la Reforma protestante del siglo XVI.

Hoy la diversidad y pluralidad que disfrutamos hace que estas fiestas cada cual las viva libremente, ya sea de forma religiosa (o no) o incluso no participe de ellas, según sus convicciones propias o la realidad social en la que está inmerso. Aunque, a decir verdad, es el dios mercado quien trata de imponer su ley de consumo, por encima de otras formas de celebración, cuestión que satisface al propio clero, por supervivencia.

Y no es sólo la Navidad: un determinado modelo religioso y de convivencia impuesto por la Iglesia durante siglos se ha ido apropiado también de innumerables celebraciones festivas y ferias que en miles de pueblos y ciudades del Estado español ya existían y que después se relacionaron con el santoral o la mitología religiosa católica en cada caso, con la complicidad del
poder político en ocasiones muy complaciente con el boato y el poder religioso a costa de ocultar derecho a la libertad de conciencia y de convicciones.

Entre otras causas, por ello las confesiones y sus cómplices políticos utilizan el término “libertad religiosa” como trampa corporativa con el fin de poner trabas al avance de una cultura racional en donde la persona sea la única titular de la libertad de conciencia en base a sus propias convicciones. Las entidades colectivas carecen de conciencia propia y no son, por lo tanto, sujetos de derecho en materia de libertad de conciencia; sí lo es la persona como individuo, pertenezca o no a un colectivo religioso, político o filosófico. En un Estado democrático, ninguna asociación religiosa o de otra naturaleza ideológica debería recibir privilegios, excepciones o estatutos diferentes de las normas del derecho común. También ningún miembro de su colectividad religiosa debería ser privado de derechos cívicos universales, como sucede con frecuencia, mientras el Estado, vergonzantemente, se inhibe.

Por ello la actual Ley de Libertad Religiosa de 1980 y los Acuerdos con la Santa Sede de 1979 –hijos de la ideología del concordato franquista de 1953– no responden a la realidad social, política y constitucional de un estado democrático y, por lo tanto, es necesaria su derogación. De esta situación anacrónica e injusta, impuesta por la fuerza a lo largo de la historia, se derivan innumerables normas y leyes educativas, tributarias, patrimoniales, societarias, jurídicas, sanitarias y asistenciales, así como prácticas políticas que conceden innumerables privilegios a la Iglesia católica, convirtiendo al Estado español, de hecho, en un Estado neo-confesional. Tenemos que erradicar estos atavismos para situarnos en el disfrute de una ciudadanía plenamente racional e ilustrada.

Para hacer justicia y acabar con la Transición en esta materia, urge una ley orgánica de libertad de conciencia y de convicciones en donde se clarifique el concepto de Estado laico, los derechos individuales, los derechos y deberes colectivos y de las administraciones públicas.

Francisco Delgado es presidente de Europa Laica. Diputado en la legislatura de 1977.

Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/1745/libertad-de-conciencia/

¿Es España católica?

VICENÇ NAVARRO.

La Universitat Progressista de Catalunya, conocida como la UPEC, ha publicado un informe titulado Catalunya ha deixat de ser catòlica? (en castellano ¿Catalunya ha dejado de ser católica?), que tiene gran cantidad de información sobre la extensión de la religión católica (y la influencia de su Iglesia), no sólo en Catalunya sino también en España. Es sorprendente que tal informe haya pasado casi desapercibido en los mayores medios de información del país, pues los datos presentados cuestionan la imagen tan extendida y promovida por la Iglesia de que España es un país católico (lo cual parece indicar que la mayoría de la población lo es).

Uno de los primeros capítulos del estudio –el que detalla su metodología– explica cómo la conclusión de que España es un país católico se produce y reproduce en los medios. Señala el sesgo que, consciente o inconscientemente, aparece en las preguntas que se le hacen a la ciudadanía. Así, cuando se pregunta a la población (tal como hace la Conferencia Episcopal) si los que responden a las preguntas son católicos o no católicos (incluyendo en esta última categoría las de ser agnóstico, no creyente o ateo), el 76% se define como católico y un 19% no católico.

Parecería, pues, que la gran mayoría de la población se define como católica.

Ahora bien, cuando se pregunta si el que responde se define como católico practicante, no practicante, o no creyente, los porcentajes varían considerablemente. Sólo el 36% se define como practicante mientras que el 37% se define como no practicante y el 19,9% como no creyente (agnóstico o ateo). Y cuando se analiza el grupo de católicos no practicantes se ve que su definición de católicos esta basada, no en sus creencias religiosas, sino en su ritual cultural (como haber recibido el bautismo y la primera comunión). En realidad, la respuesta a esta pregunta varía muy marcadamente por edad. Entre los jóvenes, nacidos en plena democracia, sólo el 9,4% se considera practicante, el 39% no practicante y el 46,4% como indiferente, ateo o agnóstico.

Otro componente del estudio es el análisis de las escuelas de la Iglesia privadas concertadas. En España, el 67% de alumnos están en la pública, el 25% en la privada concertada y el 6,7% en la privada no concertada. De las escuelas católicas, la gran mayoría son concertadas (96%). Los porcentajes más elevados de las concertadas religiosas están en las dos Castillas, La Rioja, Navarra y Baleares. Los que dedican más fondos a la religión concertada son Catalunya y Madrid, y los que menos La Rioja, Cantabria y Extremadura. El Estado se gasta 517 millones de euros en la enseñanza de religión: 388 millones en las escuelas públicas y 129 millones en las privadas. Tal inversión no es proporcional a la importancia que la juventud da a la religión como elemento importante en su vida.

En una escala de uno (poco importante) a cuatro (muy importante), la juventud en España señaló en 2005 que la religión significaba un 1,76. Ello explica que el 74% de jóvenes casi nunca asiste a ceremonias religiosas, y sólo un 4,7% asiste a la misa dominical. Y en Catalunya, sólo un 36% se casa por la Iglesia; la gran mayoría (62,8%) se casa por lo civil. Es también interesante señalar que el 47% de los jóvenes cree que la “Iglesia está más cerca de los poderosos y de los ricos que de los pobres y necesitados”. Este porcentaje alcanza cifras muy altas entre los jóvenes ateos (73%), agnósticos (60,9%) e indiferentes (70,9%) y es de un 50,7% entre los católicos no practicantes.

Una opinión igualmente negativa se tiene del sacerdocio. Entre las profesiones consideradas “más útiles socialmente”, el sacerdocio es la penúltima, después de los militares de carrera. Las más relevantes son la medicina y el magisterio. Contribuyen a esta imagen poco positiva del sacerdocio la percepción generalizada entre los jóvenes de que la Iglesia “no está dando una respuesta adecuada a los problemas sociales”. El nivel de confianza que la Iglesia inspira en la población joven es la más baja entre las mayores instituciones.

Este informe presenta una realidad que se esconde bajo esta imagen tan poco real de que España sea un país católico. Como señala Jordi Serrano, actual rector de la UPEC y autor del informe, el nacionalcatolicismo impuso el catolicismo a la población española que, al identificarse con una dictadura enormemente represiva y opresiva, estableció las bases para su propio declive cuando la dictadura dio paso a la democracia. No es sólo que la Iglesia nunca ha pedido perdón por su identificación con el fascismo español, sino que continúa encorsetada con la ideología y la práctica de la ultraderecha que dominó aquel régimen.

La población española, y, muy en especial, la juventud –que representa el futuro–, considera a tal Iglesia irrelevante y decadente. Parece lógico, por lo tanto, que los representantes de la población –es decir, nuestro Gobierno– debieran dejar de protegerla y financiarla, pues continúa siendo la Iglesia de ayer. Como bien dijo Carles Cardo, el hombre de confianza del Cardenal Vidal i Barraguer durante la República y la Guerra Civil, el enorme descrédito de la Iglesia entre las clases populares durante la República se debió a que la Iglesia había olvidado sus principios, identificándose con los grupos más poderosos del país. Setenta años más tarde, se podría decir lo mismo. Su gran descrédito se debe a su identificación con la dictadura de ayer y la ultraderecha de hoy.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra.

Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/1739/%C2%BFes-espana-catolica/

lunes, 19 de julio de 2010

La Iglesia, nostálgica del franquismo.

21-08-2007
Martxelo Díaz

El arzobispado de Valencia provoca la indignación de las víctimas del franquismo.

El proyecto del Arzobispado de València de erigir un macrosantuario en memoria de 233 «víctimas inocentes de la Santa Cruzada» ha provocado la indignación de las víctimas del franquismo y sus familias, que denuncian, además, la colaboración del PP, que ha donado a la Iglesia 4.000 metros cuadrados de terreno en una de las zona más caras de la ciudad.

València fue la capital de la II República española en los últimos tiempos de la Guerra Civil y la última ciudad que cayó en poder las tropas fascistas, por lo que acogía a numerosos refugiados que habían huido del avance de las tropas de Francisco Franco en otras zonas.

Por eso, la represión que llevaron a cabo fue atroz. El Fòrum per la Memòria del País Valencià tiene catalogadas, con nombres y apellidos, 26.300 personas que fueron enterradas en las fosas comunes del cementerio. muchas de ellas arrojadas allí sin un ataúd. «Por eso, lo que quieren hacer nos parece una afrenta», explica a GARA Amparo Salvador, integrante del Fòrum per la Memòria.

Quienes están enterrados en las fosas comunes de València murieron entre el 1 de abril de 1939 y el 31 de diciembre de 1945. Es decir, fallecieron como consecuencia de la represión tras la victoria fascista. Algunos de ellos son de origen vasco. «A València le pasó lo mismo que a Alacant, que se convirtieron en una ratonera de la que nadie pudo huir. Después, nunca más se supo qué paso con toda esa gente, que eran miles y miles de personas. Ahora, por lo menos, sabemos dónde está una parte», señala.

El Fòrum per la Memòria denuncia que «no se puede considerar `inocentes' a miembros de una organización como la Iglesia Católica, que se alió con Hitler y Mussolini para ejecutar un golpe de Estado criminal contra el Gobierno legítimo de la II República».

Amparo Salvador denuncia que en todo este proyecto el Arzobispado, además, se ha visto beneficiado económicamente, puesto que ha conseguido una permuta del Ayuntamiento, con la que se ha hecho con una decena de solares en València y un terreno colindante al complejo de la Ciutat de les Arts i de les Ciències. «El del Arzobispado es un proyecto tan faraónico como el de la Ciutat de les Ciències. Sólo los terrenos valen una traca de millones», destaca Amparo Salvador.

«Para nosotros, es un insulto directo a la memoria de las víctimas del franquismo. La Iglesia Católica estuvo totalmente implicada en la represión. Al acabar la guerra, València entera se convirtió en una inmensa prisión. Todos los conventos eran cárceles. Y todas las cárceles estuvieron regidas por órdenes religiosas. Tenemos 26.300 personas registradas con nombre, apellidos, lugar de procedencia y causa de la muerte que murieron por esa represión. Y ésa sí que era gente inocente», explica Salvador.

«Yo se lo dije claramente al arzobispo (Agustín García-Gasco). Que si quería hacer una basílica en honor de gente inocente, de la noche a la mañana era capaz de darle una lista de 500 niños, de cero a diez años. Pero que si me daba un par de días, podía darle una lista de varios miles», recuerda la integrante del Fòrum per la Memòria.

Amparo Salvador califica de «tremendo» el hecho de que «tengamos decenas de miles de muertos sobre los que no han dicho ni esta boca es mía. Las víctimas del franquismo, después de 30 años de democracia, están sin rehabilitar. Aquí no ha habido ningún genocida que haya sido procesado ni se le haya pedido responsabilidades de ningún tipo. Y ahora nos quieren hacer una obra faraónica dedicada a miembros de una organización que pacta incluso con Hitler».

Ocultar responsabilidades

«Las guerras se hacen para matar gente. Y el que tiene la culpa de los que mueren en esa guerra es el que la ha empezado. Franco tiene la culpa tanto de los muertos de un lado como de los del otro. Si hubiera respetado el Gobierno legítimo de la República, ni hubieran muerto esos curas ni nosotros hubiéramos tenido centenares de miles de muertos», añade Amparo Salvador.

A juicio del Fòrum per la Memòria del País Valencià, con este proyecto de macrosantuario, la Iglesia Católica, pretende «desviar la atención del inmenso horror que fue la represión del franquismo y su colaboración con el mismo».

«Y estamos hablando de un genocidio. Después de una guerra, en un estado de indefensión total, hubo un genocidio en el que se cargaron a centenares de miles de personas. Esos son los que están en las fosas comunes de València, los que mataron de hambre, de enfermedades no asistidas y de ejecuciones extrajudiciales, de palizas y de torturas. Y ahí hay niños y hay de todo. Porque tenemos a niños de seis meses, en cuyas fichas pone que murieron de fractura de cráneo, porque les cogían de los pies y les golpeaban la cabeza contra el suelo», añade Amparo Salvador.
El ayuntamiento del pp quiso destrozar las fosas comunes

La colaboración que el Ayuntamiento de València (PP) ha tenido con el Arzobispado contrasta con las trabas que ha puesto a las familias de las víctimas del franquismo.
En cuanto se descubrieron las fosas comunes que albergaban a 26.300 personas, el Ayuntamiento trató de destrozarlas e, incluso, pretendió construir unos nichos encima. Amparo Salvador denuncia que también trataron de destruir los documentos que acreditaban los nombres de las víctimas. «Tuvimos que hacer guardia noche y día para que no los destrozaran», recuerda. Finalmente, un juez paralizó los proyectos del Ayuntamiento.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=55112

sábado, 17 de julio de 2010

"Iranización" de la sociedad española.

Juzgan a Javier Krahe por un corto que realizó en, atención, ¡1978! Ha sido abierto juicio oral contra él el mes de mayo pasado y la jueza le ha impuesto una fianza de 192.000 euros nada menos. Esta es la prueba fehaciente de que el progreso en una sociedad no está de ningún modo garantizado; la sociedad puede involucionar, y de hecho lo está haciendo, y esto no es más que una pequeña muestra de cómo el fanatismo, la intolerancia y la facción más reaccionaria y ultraconservadora se está apoderando del país. Estos grupos se encuentran cada vez más radicalizados desde el punto de vista ideológico y de las acciones que toman para imponer sus ideas al resto de la población. Existe un pequeño sector de la población, no representativo a nivel social aunque extremadamente poderoso organizado en sectas del tipo Opus Dei, nostálgicos del franquismo, que desean fervientemente volver a la España católica de los años 1939-1975. Irán, allá vamos.

El vídeo de la discordia:




Más información:

http://blogs.elcorreo.com/magonia/2010/5/21/espana-se-iraniza-quieren-condenar-javier-krahe-cocinar
http://www.periodistas-es.org/index.php?option=com_content&view=article&id=7256:van-a-procesar-a-javier-krahe-por-el-cristo-que-armo-con-un-cristo&catid=75:sociedad

viernes, 9 de julio de 2010

La homosexualidad como pecado y delito.

Durante el franquismo, la Iglesia gozaba de un poder total, encontrándose infiltrada a todos los niveles: social, político, económico, etc. La Iglesia y el franquismo estaban indisolublemente unidos en la doctrina denominada nacionalcatolicismo. No se puede decir que el franquismo fue dañino y pernicioso para España sin aplicar los mismos calificativos a la Iglesia católica.

En esa época cosas como la homosexualidad o la blasfemia estuvieron tipificadas como delito en el código penal, pudiendo ser enviados a la cárcel aquellos que fuesen encontrados culpables de tales "delitos"; esto es lo que pasa cuando se le da a la Iglesia poder para legislar, sucediendo que comienzan a aplicar la única ley que conocen, la ley de Dios, convirtiendo el Estado en una teocracia; cuando se le da poder a los curas, éstos se desmadran y comienzan a legislar con la Biblia en la mano, aplicando todas las barrabasadas que en ésta se hayan recogidas.

La Iglesia no entiende absolutamente nada de derechos humanos o libertades individuales; de este modo aun hoy en día la Iglesia y su opulenta jerarquía siguen sosteniendo empecinadamente que la homosexualidad es un "pecado", promoviendo y alentando entre la población conductas, tales como la homofobia, que se consideran superadas en las sociedades actuales.

La tradicional estructura autocrática y autoritaria de la Iglesia, hace que históricamente se haya llevado muy bien con los regímenes dictatoriales, dado que se ve replicada en ellos; y así es como la Iglesia ha proporcionado apoyo moral y justificación ideológica a los más violentos regímenes fascistas y brutales dictaduras militares del siglo XX en todo el mundo.

Sin salirnos de España, la Iglesia y el franquismo eran una sóla y la misma cosa, como ha quedado dicho más arriba, teniendo la guerra civil española carácter de "cruzada" y siendo Franco considerado caudillo "por la gracia de Dios", como quedó acuñado en las monedas de la época. Para el papa Pío XII, la forma ideal de gobierno era la que se daba en España, y así felicitó personalmente a Franco por la "victoria católica" en España, llegando a otorgar a Franco en 1953 en una solemne ceremonia la más alta condecoración que concede el Vaticano: la Suprema Orden de Cristo.