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viernes, 3 de septiembre de 2010

Apostasía.

Mikel Arizaleta.

No deja de ser curioso. Se confirma aquel pensamiento nietzschiano de que la iglesia es la sepultura de “dios”, un recuerdo petrificado de algo que muy probablemente no existió jamás. También la de los franciscanos de Arantzazu, la del friso oteiziano de los apóstoles, como muestra su postura comunitaria ante el anatema del obispo Munilla contra el teólogo José Arregi

Y es muy posible que al franciscano José Arregi en otros tiempos, dentro del cristianismo y durante siglos, le hubieran excomulgado, colgado, o quemado. Que nadie se confunda, hoy en día es sólo la relativa impotencia del clero lo que impide que quemen a sus enemigos. No las ganas ni su metanoia. Ahí está el casi millar de teólogos brillantes, creativos, sugerentes, no sumisos a la fórmula jesuitica y muy episcopal perinde ac cadaver, expulsados, vilipendiados, excluidos y puteados de mala manera en su vida. ¡Y a cuántos han capado, convirtiendo toros bravos en bueyes mansos y sin brillo!

Es un hecho que en el siglo XV y por determinación del Concilio de Constanza se quemó al teólogo, filósofo, reformador, predicador checo y profesor de la universidad de Praga Jan Hus, por mandato del mismo concilio de la Iglesia católica en el que participaron además del “Espíritu Santo” setecientas prostitutas públicas, sin contar las que se trajeron los propios padres del Concilio. El mismo siglo en el que el papa franciscano Sixto IV, el que construyó la Capilla Sixtina -que lleva su nombre-, construyó también un burdel de mucho éxito y que en 1476 introdujo la fiesta de la Inmaculada Concepción. La hipocresía es un propio de la Iglesia católica y sus gentes, como hoy mismo comenta alguna prensa ante la separación de la muy católica Yolanda Barcina, alcaldesa de Iruña y modelo preclaro actual de la moral cristiana de la Iglesia, ayer todavía militante activa de la irrompibilidad y sacralidad matrimonial. Reflejo de “su desastrosa moral sexual y social, de su práctica de proteger dentro del vientre materno lo que luego, con su bendición y apoyo, se sacrifica en la guerra como si en las tripas de las mujeres se criara la carne de cañón”.

Dice el teólogo José Arregi en su agur: “Tomé la palabra, no porque tenga algún mensaje profético urgente que pregonar, sino simplemente porque ya pasaron los tiempos en que la libertad de palabra pudiera ser impedida en la Iglesia de Jesús con pretextos de dogmas y magisterios. Dije “No callaré” y eso equivalía a una insumisión, y en la Iglesia institucional que tenemos no hay lugar para insumisos, y yo lo sabía. Tampoco hay lugar para insumisos en la Orden franciscana que tenemos, y también esto lo sabía”.

Y clamoroso el silencio de los poderes públicos, en especial el de su Ayuntamiento de Oñati, ante la intromisión de la Iglesia en el recorte y violación de derechos civiles de un ciudadano.

Nada extraño, sus alcaldes hoy como entonces siguen bailando a la virgen.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=112289&titular=apostas%EDa-

martes, 27 de julio de 2010

Secularizar la reproducción.

CARLOS PARÍS.

No deja de resultar curiosa y sorprendente la atención obsesiva que la jerarquía católica otorga a la sexualidad y la reproducción humanas dentro de la moral. Una acumulación de hechos pone al vivo y renueva esta ancestral actitud. Es la imagen de Benedicto XVI combatiendo el uso del preservativo en África, un continente azotado por el sida. La incitación a las cofradías de Semana Santa, al parecer sin excesivo éxito, para que se manifestaran contra el proyecto de ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Son las barreras levantadas contra la experimentación y utilización de embriones, prácticas capaces de remediar enfermedades. Y las campañas provocativas, en las que se presenta a los fetos abortados como niños bárbaramente trucidados. O las insistentes convocatorias para manifestarse contra el matrimonio homosexual, en nombre de la familia tradicional que, tan frágil al parecer como el Licenciado Vidriera, está a punto de quebrarse.

Tal empecinada campaña contra realidades que abren espacios de libertad y progreso contrasta con el silencio –sólo alterado por algunas piadosas declaraciones– ante la injusticia en la distribución del poder y la riqueza entre los pueblos y las clases sociales. A la par que los movimientos que, dentro del mismo catolicismo, tratan de luchar contra esta injusticia, como la teología de la liberación y los movimientos de cristianos de base, son considerados con rechazo y condenación. Mirando hacia nuestro pasado podríamos recordar la bendición de una sublevación contra el Gobierno legítimo de la II República, bautizada por los obispos, nada menos que como “cruzada”.
Es un contraste que nadie ha expresado mejor que el católico Julián Marías, cuando afirmaba que el mayor crimen del siglo XX –el siglo ensangrentado por dos guerras mundiales, el Holocausto, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki– había sido, precisamente, la legalización del aborto. Y, refiriéndome ahora a mi experiencia personal, puedo alegar que, si mis artículos de prensa han sido, naturalmente, objeto tanto de alabanzas como de críticas, cuando he tocado el tema del aborto las discrepancias se han convertido en enfurecidos insultos.

Ante esta situación no cabe sino preguntarse: ¿a qué se debe esta obsesión por el sexo? ¿En qué motivaciones se asienta? Brevemente apuntemos algunas. La función reproductiva sirve a la continuidad de la especie, pero, al mismo tiempo, está determinada por una fuerte pulsión que desborda tal objetivo y se hace independiente de él, buscando realizaciones amorosas o placenteras, desvinculadas de la procreación. Cuando en la mentalidad bíblica aquello que absorbentemente se impone es la continuidad y crecimiento del “pueblo elegido”, cualquier desviación sexual de la función reproductiva será anatematizada como altamente peligrosa. Y así la moral bíblica encierra la sexualidad en el ámbito de la familia, dirigida por el patriarca. Además, el cristianismo, bajo la influencia de órficos y pitagóricos –subrayada por el ilustre helenista Werner Jaeger, así como la del neoplatonismo–, añadirá la visión negativa del cuerpo y sus impulsos. Para los órficos, el cuerpo era una “prisión del espíritu”, para los cristianos, la carne es uno de los “enemigos del alma”. Y, consecuentemente, se exalta la virginidad, al par que la represión de nuestras pulsiones se acentúa, imponiendo dentro del catolicismo el celibato sacerdotal.

Con singulares efectos, increíbles desahogos. Amigos que siguieron estudios eclesiásticos me han relatado el morboso detalle con que los profesores se detenían en los “pecados carnales”. Y, así, en uno de los manuales latinos que estudiaban, se enumeraban detenidamente los animales con los que se realizaban los actos de bestialidad, aunque no se dejaba de apuntar que realizar tales actos con tigres era infrecuente, “rare cum tigribus”. Desahogos que ya no resultan nada divertidos cuando conducen a la pederastia.

Mas, a la preocupación por la reproducción, se añade el aura de milagro que tiene el nacimiento de un nuevo ser humano. Parecería un atributo propio del Creador que, si bien lo ha concedido a los humanos, ha de ajustar su práctica a los dictados de una naturaleza intocable. Cualquier intervención de la técnica humana que altere el proceso generador significa una profanación. Y el papel principal que juega la mujer es percibido con el temeroso recelo que el patriarcalismo, dominante en nuestra Historia, convierte a la mujer en una fuerza que hay que controlar.

Los vientos de la modernidad, empero, han ahuyentado arcaicos prejuicios. Hombres y mujeres, gracias a los impulsos de la Ilustración y el feminismo, se han liberado de la alienación y sufrimiento con que su corporalidad era sometida. Y la técnica, superando la mitología de una naturaleza intocable, ha abierto las posibilidades de una sexualidad realizadora de nuestras pulsiones, con independencia de su orientación procreadora. La nueva conciencia no renuncia a la ética, lo que exige es una sociedad presidida por la libertad, en la que ningún ser humano sea violentado ni por tabúes ni por el poder o el dinero que han dominado las relaciones eróticas bajo las declaraciones de la hipócrita moral tradicional. Nadie obliga a quienes, como católicos tradicionales, mantengan su obediencia a los dictados jerárquicos, negando el aborto y la sexualidad emancipada. Pero resulta intolerable que, ante tales avances, la jerarquía católica no sólo permanezca ciega para ellos, sino que trate de imponer sus prejuicios al Estado y a quienes somos ajenos al redil.

Carlos París es Filósofo y escritor.

Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/1214/secularizar-la-reproduccion/

¿Es España católica?

VICENÇ NAVARRO.

La Universitat Progressista de Catalunya, conocida como la UPEC, ha publicado un informe titulado Catalunya ha deixat de ser catòlica? (en castellano ¿Catalunya ha dejado de ser católica?), que tiene gran cantidad de información sobre la extensión de la religión católica (y la influencia de su Iglesia), no sólo en Catalunya sino también en España. Es sorprendente que tal informe haya pasado casi desapercibido en los mayores medios de información del país, pues los datos presentados cuestionan la imagen tan extendida y promovida por la Iglesia de que España es un país católico (lo cual parece indicar que la mayoría de la población lo es).

Uno de los primeros capítulos del estudio –el que detalla su metodología– explica cómo la conclusión de que España es un país católico se produce y reproduce en los medios. Señala el sesgo que, consciente o inconscientemente, aparece en las preguntas que se le hacen a la ciudadanía. Así, cuando se pregunta a la población (tal como hace la Conferencia Episcopal) si los que responden a las preguntas son católicos o no católicos (incluyendo en esta última categoría las de ser agnóstico, no creyente o ateo), el 76% se define como católico y un 19% no católico.

Parecería, pues, que la gran mayoría de la población se define como católica.

Ahora bien, cuando se pregunta si el que responde se define como católico practicante, no practicante, o no creyente, los porcentajes varían considerablemente. Sólo el 36% se define como practicante mientras que el 37% se define como no practicante y el 19,9% como no creyente (agnóstico o ateo). Y cuando se analiza el grupo de católicos no practicantes se ve que su definición de católicos esta basada, no en sus creencias religiosas, sino en su ritual cultural (como haber recibido el bautismo y la primera comunión). En realidad, la respuesta a esta pregunta varía muy marcadamente por edad. Entre los jóvenes, nacidos en plena democracia, sólo el 9,4% se considera practicante, el 39% no practicante y el 46,4% como indiferente, ateo o agnóstico.

Otro componente del estudio es el análisis de las escuelas de la Iglesia privadas concertadas. En España, el 67% de alumnos están en la pública, el 25% en la privada concertada y el 6,7% en la privada no concertada. De las escuelas católicas, la gran mayoría son concertadas (96%). Los porcentajes más elevados de las concertadas religiosas están en las dos Castillas, La Rioja, Navarra y Baleares. Los que dedican más fondos a la religión concertada son Catalunya y Madrid, y los que menos La Rioja, Cantabria y Extremadura. El Estado se gasta 517 millones de euros en la enseñanza de religión: 388 millones en las escuelas públicas y 129 millones en las privadas. Tal inversión no es proporcional a la importancia que la juventud da a la religión como elemento importante en su vida.

En una escala de uno (poco importante) a cuatro (muy importante), la juventud en España señaló en 2005 que la religión significaba un 1,76. Ello explica que el 74% de jóvenes casi nunca asiste a ceremonias religiosas, y sólo un 4,7% asiste a la misa dominical. Y en Catalunya, sólo un 36% se casa por la Iglesia; la gran mayoría (62,8%) se casa por lo civil. Es también interesante señalar que el 47% de los jóvenes cree que la “Iglesia está más cerca de los poderosos y de los ricos que de los pobres y necesitados”. Este porcentaje alcanza cifras muy altas entre los jóvenes ateos (73%), agnósticos (60,9%) e indiferentes (70,9%) y es de un 50,7% entre los católicos no practicantes.

Una opinión igualmente negativa se tiene del sacerdocio. Entre las profesiones consideradas “más útiles socialmente”, el sacerdocio es la penúltima, después de los militares de carrera. Las más relevantes son la medicina y el magisterio. Contribuyen a esta imagen poco positiva del sacerdocio la percepción generalizada entre los jóvenes de que la Iglesia “no está dando una respuesta adecuada a los problemas sociales”. El nivel de confianza que la Iglesia inspira en la población joven es la más baja entre las mayores instituciones.

Este informe presenta una realidad que se esconde bajo esta imagen tan poco real de que España sea un país católico. Como señala Jordi Serrano, actual rector de la UPEC y autor del informe, el nacionalcatolicismo impuso el catolicismo a la población española que, al identificarse con una dictadura enormemente represiva y opresiva, estableció las bases para su propio declive cuando la dictadura dio paso a la democracia. No es sólo que la Iglesia nunca ha pedido perdón por su identificación con el fascismo español, sino que continúa encorsetada con la ideología y la práctica de la ultraderecha que dominó aquel régimen.

La población española, y, muy en especial, la juventud –que representa el futuro–, considera a tal Iglesia irrelevante y decadente. Parece lógico, por lo tanto, que los representantes de la población –es decir, nuestro Gobierno– debieran dejar de protegerla y financiarla, pues continúa siendo la Iglesia de ayer. Como bien dijo Carles Cardo, el hombre de confianza del Cardenal Vidal i Barraguer durante la República y la Guerra Civil, el enorme descrédito de la Iglesia entre las clases populares durante la República se debió a que la Iglesia había olvidado sus principios, identificándose con los grupos más poderosos del país. Setenta años más tarde, se podría decir lo mismo. Su gran descrédito se debe a su identificación con la dictadura de ayer y la ultraderecha de hoy.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra.

Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/1739/%C2%BFes-espana-catolica/

Cayetano Ripoll.

Víctor Manuel Casco Ruiz.

Cuando Juan Antonio Llorente (1) daba a la imprenta los dos primeros volúmenes de su inconclusa “Historia de la Inquisición” poco podía sospechar que, al listado de condenados que él se estaba esforzando por completar desde su privilegiada situación (había desempeñado hasta 1801 el cargo de Secretario General de la Inquisición) aún se le podría añadir en 1826 una nueva – y última – víctima: el maestro Cayetano Ripoll, mi santo de esta semana.

Cayetano Ripoll había nacido en Solsona, en 1787. Maestro de escuela, tiene el trágico honor de haber sido la última víctima de la Inquisición española, abolida por el rey José I y también por las Cortes de Cádiz, pero restaurada por el rey felón Fernando VII. Ripoll habría de morir en la horca, ejecutado en Valencia el 31 de julio de 1826.

Ripoll había luchado contra los franceses en la Guerra de la Independencia. Hecho prisionero, en Francia tuvo relación con los grupos liberales y se adscribió al deísmo. Pudo regresar al fin a España y ejercer su profesión de maestro.

España vivía el espejismo del trienio liberal: pareciera que Fernando VII, quien había abdicado de su trono en favor de José I y había vivido muy cómodo de las rentas que Bonaparte le entregara, despreocupado totalmente de la guerra hasta que, ya en las postrimerías de la derrota de las armas francesas, decide subirse al carro de los nuevos vencedores y acepta jurar la Constitución de Cadiz a cambio de reinar (para luego romper su juramento), acepta por fin un gobierno liberal que pretende modernizar España. Duró poco el sueño: Fernando VII se pone en manos de un ejército extranjero (los 100.000 hijos de San Luis) quienes entran en el país, derrotan a los liberales y le permiten poder gobernar desde el más estricto absolutismo. Las ejecuciones se suceden.

Y será precisamente en 1824 cuando Ripoll sea denunciado ante el Santo Oficio por no llevar a sus alumnos a misa, por sustituir la frase “Ave María” por “Las alabanzas pertenecen a Dios” en las oraciones del colegio y por su adscripción al deísmo.

Arrestado, encarcelado y juzgado fue condenado a la horca y a una hoguera simbólica: se colocó bajo la horca un barril con llamas pintadas. Fue ejecutado el 31 de julio de 1826. Sus restos fueron quemados posteriormente en el antiguo Cremador de la Inquisició.

Aún habría que esperar hasta 1834 para que un decreto suprimiese definitivamente el Tribunal de la Santa Inquisición (2) (3). Llegó tarde para Ripoll.

NOTAS

(1) Juan Antonio Llorente (1756-1823) había intentado reformar el Santo Oficio en 1794 (era su Secretario General desde 1789), pero la caída del ministro Jovellanos le impidió llevar a buen término su programa. Con José I participó en la Asamblea de Notables de Bayona y propugnó la abolición del Santo Oficio: el nuevo gobierno le encargó custodiar los archivos de la institución nombrándole Director General de Bienes Nacionales. Es entonces cuando empieza a publicar por volúmenes una “Historia de la Inquisición”. La derrota francesa le llevó al exilio, aunque regresaría durante el trienio liberal. Entre mis libros tengo su “Memoria histórica de la Inquisición”, el discurso de ingreso a la Academia de la Historia que pronunciara en 1811.

(2) Hay varios libros de historiadores contemporáneos sobre esta institución eclesiástica. Yo recomiendo el de Henry Kamen “La Inquisición española”.

(3) La Inquisición fue reconvertida en la Iglesia Católica en la “Congregación para la Doctrina de la Fe” – el actual Papa fue, hasta su “elevación”, secretario de la misma. La Congregación ha servido fundamentalmente para juzgar y acallar las disidencias dentro de la propia Iglesia (ya que no podía hacerlo fuera, entre el laicado): los teólogos de la Liberación o Hans Küng han sido sus últimas víctimas. El Índice de Libros Prohibidos se mantuvo vigente durante todo el siglo XIX y parte del XX. En el Índice se encuentran, por ejemplo, “El origen de las especies” de Charles Darwin, los escritos de Voltarie o literatos como Alejandro Dumas, Emile Zola o Stendhal … sin embargo ”Mi lucha” de Adolf Hitler no mereció figurar en el mismo.

Fuente: http://blogs.tercerainformacion.es/victorcasco/2010/07/03/santoral-5-cayetano-ripoll/

Giordano Bruno.

El 17 de febrero de 1600 fue llevado al Campo dei Fiori, en Roma. Vejado, desnudado, atado a un palo, su lengua aferrada a una prensa de madera para evitar que hablase y finalmente quemado vivo. Su nombre: Giordano Bruno. Su crimen: pensar de otro modo. Pensar, contra los dogmas, a secas.

“Hereje impenitente, pertinaz, obstinado”. Ese fue su delito a ojos de la Iglesia Católica que lo juzgó, lo mantuvo preso entre 1592 y 1600 y lo llevó a la hoguera (1). Era algo peor que un hereje, era un hereje que se negaba a retractarse, que no cedía, que quería mantenerse fiel a sus principios y a sus ideas porque no le habían demostrado la falsedad de éstas.

Frente a la Iglesia, que, Biblia en mano, defendía dogmáticamente que sólo un mundo se había creado, Bruno hablaba de la pluralidad de los mundos y los sistemas solares; allí donde, Biblia mediante, el Sol daba vueltas alrededor de la Tierra, él optó por el heliocentrismo; habló también de la infinitud del espacio y el Universo – cuando sólo el dios cristiano podía ser infinito - y del movimiento de los astros.

La primera gran defensa del copernicanismo se debió a este monje rebelde. Se llevó a cabo en su diálogo “La cena de las cenizas”, que tomó su nombre de la discusión sobre el heliocentrismo en la cena del miércoles de ceniza de 1584 en la residencia Fulke Greville, en Whitehall.

La mentalidad dominante de la época podía resumirse en las posturas de Cremonini y Libri, profesores de filosofía en la Universidad de Padua, en tiempos de Galileo Galilei: éstos cuestionaron la idea de otras lunas en Júpiter, o de la existencia de cráteres y montañas en la Luna con el argumento de que la imperfección de la Luna atacaba los principios mismos del dogma religioso, ya que el dios bíblico había creado un cielo perfecto, y la existencia de objetos invisibles al hombre como los satélites de Júpiter cuestionaba la afirmación del Génesis de que se habían creado las estrellas para deleite del hombre – ¡y qué sentido tiene entonces crear cosas que no se pueden ver a simple vista! -; pero lo curioso del caso no es que éstos dos filósofos defendiesen esas posturas, sino que se negaron toda su vida a mirar por un telescopio, pese al ofrecimiento de Galileo de hacerlo y comprobarlo por ellos mismos:

“No les bastaría – escribió Galileo – el testimonio de la misma estrella si bajase a la Tierra y hablase de sí misma”.

El caso de Bruno lo tendría muy presente Galileo en su juicio. Su asesinato y agonía sirvió para dar una lección. Para meter el miedo en el cuerpo.

El 8 de febrero – cuando le estaban leyendo la sentencia en Roma por la que se le declaraba herético, impenitente, pertinaz y obstinado, Giordano Bruno se dirigió a los jueces para decirles: “Tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla“

Ninguna de sus obras se reeditaría antes del siglo XVIII.

Notas:

(1) Por cierto, que el proceso inquisitorial al que fue sometido estuvo dirigido por el cardenal Roberto Belarmino, el mismo que llevaría un juicio similar contra Galileo Galilei.

Y en el Ateneo vamos a proyectar el lunes 2 de agosto a las 20h, la película “Giordano Bruno“, de Gian María Volante – que véis en el video de youtube – y el lunes 9 de agosto, a la misma hora, “Galileo” de Joseph Losey, basada en el texto de la obra teatral de Bertolt Brecht.

Fuente: http://blogs.tercerainformacion.es/victorcasco/2010/07/25/santoral-giordano-bruno/

lunes, 19 de julio de 2010

La Iglesia, nostálgica del franquismo.

21-08-2007
Martxelo Díaz

El arzobispado de Valencia provoca la indignación de las víctimas del franquismo.

El proyecto del Arzobispado de València de erigir un macrosantuario en memoria de 233 «víctimas inocentes de la Santa Cruzada» ha provocado la indignación de las víctimas del franquismo y sus familias, que denuncian, además, la colaboración del PP, que ha donado a la Iglesia 4.000 metros cuadrados de terreno en una de las zona más caras de la ciudad.

València fue la capital de la II República española en los últimos tiempos de la Guerra Civil y la última ciudad que cayó en poder las tropas fascistas, por lo que acogía a numerosos refugiados que habían huido del avance de las tropas de Francisco Franco en otras zonas.

Por eso, la represión que llevaron a cabo fue atroz. El Fòrum per la Memòria del País Valencià tiene catalogadas, con nombres y apellidos, 26.300 personas que fueron enterradas en las fosas comunes del cementerio. muchas de ellas arrojadas allí sin un ataúd. «Por eso, lo que quieren hacer nos parece una afrenta», explica a GARA Amparo Salvador, integrante del Fòrum per la Memòria.

Quienes están enterrados en las fosas comunes de València murieron entre el 1 de abril de 1939 y el 31 de diciembre de 1945. Es decir, fallecieron como consecuencia de la represión tras la victoria fascista. Algunos de ellos son de origen vasco. «A València le pasó lo mismo que a Alacant, que se convirtieron en una ratonera de la que nadie pudo huir. Después, nunca más se supo qué paso con toda esa gente, que eran miles y miles de personas. Ahora, por lo menos, sabemos dónde está una parte», señala.

El Fòrum per la Memòria denuncia que «no se puede considerar `inocentes' a miembros de una organización como la Iglesia Católica, que se alió con Hitler y Mussolini para ejecutar un golpe de Estado criminal contra el Gobierno legítimo de la II República».

Amparo Salvador denuncia que en todo este proyecto el Arzobispado, además, se ha visto beneficiado económicamente, puesto que ha conseguido una permuta del Ayuntamiento, con la que se ha hecho con una decena de solares en València y un terreno colindante al complejo de la Ciutat de les Arts i de les Ciències. «El del Arzobispado es un proyecto tan faraónico como el de la Ciutat de les Ciències. Sólo los terrenos valen una traca de millones», destaca Amparo Salvador.

«Para nosotros, es un insulto directo a la memoria de las víctimas del franquismo. La Iglesia Católica estuvo totalmente implicada en la represión. Al acabar la guerra, València entera se convirtió en una inmensa prisión. Todos los conventos eran cárceles. Y todas las cárceles estuvieron regidas por órdenes religiosas. Tenemos 26.300 personas registradas con nombre, apellidos, lugar de procedencia y causa de la muerte que murieron por esa represión. Y ésa sí que era gente inocente», explica Salvador.

«Yo se lo dije claramente al arzobispo (Agustín García-Gasco). Que si quería hacer una basílica en honor de gente inocente, de la noche a la mañana era capaz de darle una lista de 500 niños, de cero a diez años. Pero que si me daba un par de días, podía darle una lista de varios miles», recuerda la integrante del Fòrum per la Memòria.

Amparo Salvador califica de «tremendo» el hecho de que «tengamos decenas de miles de muertos sobre los que no han dicho ni esta boca es mía. Las víctimas del franquismo, después de 30 años de democracia, están sin rehabilitar. Aquí no ha habido ningún genocida que haya sido procesado ni se le haya pedido responsabilidades de ningún tipo. Y ahora nos quieren hacer una obra faraónica dedicada a miembros de una organización que pacta incluso con Hitler».

Ocultar responsabilidades

«Las guerras se hacen para matar gente. Y el que tiene la culpa de los que mueren en esa guerra es el que la ha empezado. Franco tiene la culpa tanto de los muertos de un lado como de los del otro. Si hubiera respetado el Gobierno legítimo de la República, ni hubieran muerto esos curas ni nosotros hubiéramos tenido centenares de miles de muertos», añade Amparo Salvador.

A juicio del Fòrum per la Memòria del País Valencià, con este proyecto de macrosantuario, la Iglesia Católica, pretende «desviar la atención del inmenso horror que fue la represión del franquismo y su colaboración con el mismo».

«Y estamos hablando de un genocidio. Después de una guerra, en un estado de indefensión total, hubo un genocidio en el que se cargaron a centenares de miles de personas. Esos son los que están en las fosas comunes de València, los que mataron de hambre, de enfermedades no asistidas y de ejecuciones extrajudiciales, de palizas y de torturas. Y ahí hay niños y hay de todo. Porque tenemos a niños de seis meses, en cuyas fichas pone que murieron de fractura de cráneo, porque les cogían de los pies y les golpeaban la cabeza contra el suelo», añade Amparo Salvador.
El ayuntamiento del pp quiso destrozar las fosas comunes

La colaboración que el Ayuntamiento de València (PP) ha tenido con el Arzobispado contrasta con las trabas que ha puesto a las familias de las víctimas del franquismo.
En cuanto se descubrieron las fosas comunes que albergaban a 26.300 personas, el Ayuntamiento trató de destrozarlas e, incluso, pretendió construir unos nichos encima. Amparo Salvador denuncia que también trataron de destruir los documentos que acreditaban los nombres de las víctimas. «Tuvimos que hacer guardia noche y día para que no los destrozaran», recuerda. Finalmente, un juez paralizó los proyectos del Ayuntamiento.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=55112

sábado, 17 de julio de 2010

La Iglesia, enemiga de la libertad de expresión.

“Escribo 10 de febrero de 1600 con una pluma infame, sin anteojos y cuando me quedan siete días de vida por delante, si puede llamarse vida a pudrirse en el hedor de un calabozo...; y soy un animal viejo resuelto a no perder la razón, así deba arrastrarme hasta el fin bajo el fardo en el que se resume mi vida. Por eso he pedido tinta y papel... Dentro de siete días me quemarán, a mí y estas páginas. Habrá un suspiro, un estremecimiento imperceptible del mundo, y Giordano Bruno, escritor, profesor de filosofía natural, antiguo consejero del rey de Francia, héroe de la memoria, de las letras, de las ciencias y de las artes mágicas, no será más que un recuerdo.... Quedará mi muerte abominable como única revancha. La huella de un pie en la nieve: alguien ha pasado, dirán”.

No hace mucho, en su bello artículo publicado en Gara, nos recordaba otro gran hombre de nuestros días, Juan Mari Escubi –al que tanto le debemos los vascos por agrupar y liderar aquella oposición contra la central nuclear de Lemoiz, que espero se convierta pronto en libro- otro de los muchos asesinatos perpetrado por la “santa” Iglesia contra un sabio de su tiempo mediante su eterna inquisición de muerte y retroceso. El de Giordano Bruno, quemado en hoguera de fuego por la inquisición el 17 de febrero de 1600.

En la historia de la Iglesia católica son varios los inquisidores, que tras llevar a cabo largas matanzas, fueron nominados más tarde papas, por ejemplo Giovanni Caetano Orsini que se convertiría en el papa Nicolás III (1277-1280). Pero en la Iglesia, que tiene esencia de eternidad y es fósil en el campo científico y en temas de libertad y respeto, no hace falta retrotraerse tanto en el tiempo para ver vertido el ayer en el hoy. Porque también el inquisidor general de la Iglesia, Ratzinger, fue elegido papa por sus compañeros para que, como Benedicto XVI, siguiera su labor de juez y condena. Y el bávaro Joseph Ratzinger fue una mala bestia como inquisidor. Hombres brillantes y coherentes, investigadores, científicos y teólogos destacados en la ciencia e investigación han sentido en los últimos setenta años, quizá como nunca antes al menos en número, el puntapié inquisidor y retrógrado de una Iglesia, que no pudiendo quemar, ha ido expulsando, humillando y persiguiendo de mala manera a gentes, que honestamente han ido abriendo camino en las ciencias, en el estudio de la Biblia y en el gran fraude del cristianismo. “Durante los periodos papales de Pío XII (1939-1958) y de Juan Pablo II (1978-2005) fueron amonestados, suspendidos o prohibidos los más importantes teólogos católicos del siglo XX. Les dejaron sin voz y sin pluma, siendo inquisidores generales Alfredo Ottaviani y Joseph Ratzinger”. Ejemplos muchos en casa y fuera: Teilhard de Chardin, Henri de Lubac, Henri Bouillard, Yves Congar, John Mc Nelly, Jacque Pohier, Charles Curran, Herbert Haag, Eugen Drewermann, Edward Schillebeeckx, Hans Küng, Ernesto Cardenal, Miguel d'Escotto, Jon Sobrino, Gerd Lüdemann, Hubertus Mynarek, Leonardo Boff, Marciano Vidal, Juan José Tamayo, Castillo, González Faus, Benjamín Forcano, Patxi Larrainzar... La lista se hace interminable, la sangría inmensa. No, no encontrarán ningún profesor de la universidad de Deusto. Sus artículos sólo encuentran cabida en Vocento y el Correo español. No dan para más. La Iglesia es un erial, un trozo de la Edad Media en pensamiento, libertad y respeto. El silencio y la colaboración de muchos teólogos, que hoy ocupan puestos y cátedras, ante el gran atentado contra derechos elementales de estos teólogos sabios y osados ha sido sonrojante y vergonzante.

No hace mucho leía en ese gran libro que es “La Biblia desenterrada” de Finkelstein y Silberman que “antes de Moisés existía la violencia, pero mediante Moisés vino una nueva violencia, la violencia en nombre de Dios. El cristianismo comenzó también a emplear la violencia en nombre de la verdad: la verdadera fe debe ser anunciada a los paganos, si es menester con la espada para salvar su alma de la condenación eterna”.Y ahí siguen ellos, hablando como dos grandes asesinos, como el Dios Yahvé y el guerrero Moisés. Lean por curiosidad, conocimiento y decencia “La historia criminal del cristianismo” de Karlheinz Deschner y verán el reguero de sangre que han dejado en la historia este Dios de los cristianos y esta Iglesia de Roma. Y que no es broma su maldad y muerte hoy nos recuerda el gran Giordano Bruno.

Y si el inquisidor de ayer, Joseph Ratzinger, es el papa Benedicto XVI de hoy, su sucursal de ayer en el estado español y el otrora representante del gran inquisidor de la Iglesia es el actual presidente de la Conferencia episcopal española y se llama Ricardo Blázquez, el obispo de Bilbao. No hace mucho, el teólogo que a inicios del 2000 sintió en su espalda el látigo inquisitorial de Ratzinger y Blázquez, Marciano Vidal, narró en público a su paso por Bilbao su penoso calvario, su bestial humillación a los 60 y pico años, tras muchos de profesor y ciencia, tras décadas de catedrático reconocido más allá de fronteras. “Nunca pensé que la Iglesia pudiera ser tan inhumana”, musitó. Los obispos y cardenales Rouco Varela, Cañizares Llovera, Herranz Casado, García-Gasco, Martínez Camino, Fernando Sebastián, José Asurmendi... son los nuevos guerreros de la Orden Teutónica, los Templarios y Caballeros de san Juan, aquellos paramilitares sanguinarios de la Edad Media que, a falta de razón, empleaban contra las gentes la espada, el terror y hasta la muerte. Embridan en su dignidad a sacerdotes mayores, tras años de servicio, con la vil amenaza de un recorte de castigo en su mísero salario. Su voz es La COPE, su pancarta política el PP o UPN. En las últimas elecciones oí susurrar a una anciana, que debía votar en el colegio electoral ubicado en el colegio de los jesuitas de Indautxu (Bilbo): “No hay derecho que tenga que votar en un aula presidida por un crucifijo, luego de pasar entre carteles con glorias a María, virgen y madre”. Su queja la hice denuncia por escrito y el alcalde, que es quien designa los locales electorales, el Sr. Azkuna, bailó con la queja de la anciana y mi escrito un aurresku de carnaval a su “amatxo de Begoña”. Cómo no, en el entorno del colegio electoral de los jesuitas de Indautxu destacan con fuerza los votos del PP y del PNV. Son Dios y su Iglesia.

Mañana cuando yo muera
no me vengáis a llorar,
nunca estaré bajo tierra
soy viento de libertad.

¡Giordano, con el paso del tiempo hemos descubierto tu digna huella en la nieve!

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=47855


Un simple comentario al texto: da exactamente igual el partido político que gobierne, PP o PSOE, la Iglesia seguirá disfrutando de un poder omnímodo; si bien es cierto, como el autor del texto apunta, que con el PP la afinidad es mucho mayor; aun así, la Iglesia infiltra todos los estamentos del poder.

miércoles, 14 de julio de 2010

Conventos de vergüenza.

La Iglesia es una institución de poder con una cultura multisecular de represión, silencio, secreto, oscurantismo, violencia y brutalidad. Son millones las personas que han sufrido la represión de la Iglesia en sus propias carnes a lo largo de las historia; y son muchas más las que la seguirán padeciendo en los siglos venideros.