JOAN B. CULLA I CLARÀ 17/01/2003
Hace hoy una semana llegó a nuestras pantallas cinematográficas el último trabajo del director franco-griego Costa-Gavras, que lleva por título Amén. Antes incluso de su estreno -o sea, sin haber visto el filme- la más agresiva representación de la carcundia local ya se lanzó en tromba contra él tildándolo de difamatorio, capcioso, blasfemo, escandaloso, infundado, filocomunista y totalitario; todas estas calificaciones, en un solo y patético artículo que los lectores más encallecidos podrán hallar en la edición del diario Avui del pasado día 10.
Como es harto sabido, la película en cuestión se inspira en la obra teatral El vicario, del dramaturgo alemán Rolf Hochhuth, cuya representación -no en España, evidentemente- ya levantó las iras de la derecha católica europea a principios de la década de 1960, y el asunto del que trata es la actitud de la Santa Sede y del pontífice Pío XII ante el asesinato masivo de los judíos europeos perpetrado por el Tercer Reich a lo largo de la II Guerra Mundial.
Atraído menos por el supuesto escándalo que por el nostálgico recuerdo de otros filmes del autor -Z, L'aveu, État de siège, Section spéciale...-, un recuerdo inseparable del mítico marco de las salas de arte y ensayo durante la transición, el otro día fui a ver Amén. Doctores tiene la crítica cinematográfica, pero a mí me pareció una obra muy estimable. No se trata, desde luego, de una superproducción espectacular protagonizada por estrellas, al estilo de La lista de Schindler; al contrario, los intérpretes son casi desconocidos -además de excelentes, en algunos casos- y el tratamiento visual resulta muy comedido. Lejos de complacerse en la brutalidad o de ceder al morbo, Costa-Gavras pone en la pantalla las deportaciones a través de Europa, los campos de exterminio, las cámaras de gas y los hornos crematorios de forma siempre indirecta, alusiva, sin truculencia alguna. En cuanto al contenido argumental, Amén está muy lejos de ser el libelo anticatólico que han denunciado los celadores del ultramontanismo catalán. Centrada en la trágica peripecia de un personaje real, de un SS con conciencia -el teniente Kurt Gerstein, el espía de Dios-, la película no deja de evocar a la jerarquía católica que osó enfrentarse con Hitler, y dedica un par de secuencias magníficas a la revuelta del indomable obispo de Münster Clemens August, conde Von Galen, contra la política nazi de eliminación de deficientes mentales. Tampoco soslaya la pasividad del obispo protestante de Berlín, Otto Dibelius, y del conjunto de las iglesias evangélicas de Alemania ante la gigantesca matanza en curso, ni omite la indiferencia de los gobiernos neutrales, una vez avisados de cuál era el alcance de la Solución Final al problema judío, ni olvida referirse al hecho paradójico de que ningún bombardeo aliado tratase jamás de destruir las fábricas de la muerte como Auschwitz o, cuando menos, de cortar las líneas férreas que les suministraban las víctimas. Igualmente, el filme refleja la ayuda generosa del clero y los católicos italianos, desde 1943, a la comunidad hebrea perseguida, ayuda gracias a la cual ésta sólo perdió una sexta parte de sus miembros.
En medio de todos estos elementos, sin embargo, Costa-Gavras focaliza la atención del espectador hacia la conducta de Pío XII porque la soberanía del Vaticano le daba unas posibilidades de acción muy superiores a las de cualquier obispo diocesano, porque el magisterio doctrinal y moral del Pontífice no tenía parangón en Occidente y porque -me permito añadir- la responsabilidad de la Iglesia en los muchos siglos de antijudaísmo cristiano deberían haber hecho al Papa particularmente sensible a los efectos letales de esa versión modernizada que era el antisemitismo nazi. No lo fue, y eso es lo que explica Amén: las prudencias diplomáticas, los reflejos anticomunistas de Pacelli y de la curia romana, el miedo a atraer sobre los católicos y la Santa Sede la cólera de Hitler...; en suma, el clamoroso silencio de Pío XII, su negativa -pese a las demandas y presiones de todo tipo- a formular una denuncia solemne y una condena rotunda del crimen más grande en toda la historia de la humanidad.
Ahora bien, ¿es culpa de Costa-Gavras que el vértice de la Iglesia católica no emplease en condenar el holocausto ni la mitad de la mitad de la mitad de la vehemencia y la energía que ha usado para condenar el comunismo, el divorcio, la contracepción o la homosexualidad? ¿Acaso el cineasta se ha sacado de la manga los cargos contra el papa Pacelli? No, ni tampoco del drama de Hochhuth, sino de una voluminosa y constantemente renovada bibliografía de la que, por no abrumar, citaré sólo tres ejemplos recientes: el libro de John Cornwell, El Papa de Hitler (Planeta, 2001); el de Daniel Jonah Goldhagen, La Iglesia católica y el holocausto. Una deuda pendiente (Taurus, 2002) y, con un marco cronológico más amplio, el de David I. Kertzer, Los papas contra los judíos (Plaza & Janés, 2002). Para verificar la pincelada final que el filme ofrece sobre la complicidad vaticana en la evasión de criminales nazis, después de 1945, hacia América del Sur, puede leerse con provecho el volumen de Uki Goñi La auténtica Odessa, que acaba de aparecer en Paidós.
Se trata, naturalmente, de obras discutibles y sujetas a revisión, como cualquier trabajo intelectual que se precie, pero con solidísima base archivística y argumental, escritas por autores solventes de todas las adscripciones religiosas e ideológicas. Para rebatirlas, y para descalificar el argumento de Amén, hace falta mucho más que articulillos indocumentados de personas cuyo único título de autoridad es el fanatismo.
Fuente: http://www.elpais.com/articulo/cataluna/Amen/Pio/XII/nazis/elpepiautcat/20030117elpcat_7/Tes/
miércoles, 14 de julio de 2010
'Amén', Pío XII y los nazis.
sábado, 10 de julio de 2010
Según la Iglesia los ateos son seres inmorales.
La Iglesia pretende difundir la demencial idea de que los ateos son seres inmorales, abyectos y malvados por naturaleza, fomentando así el odio, la violencia y el recelo hacia este grupo de personas, simplemente porque piensan de forma diferente.
De igual modo la Iglesia históricamente ha promovido la violencia, el odio y la segregación entre grupos de personas que profesan distintas confesiones, empleando la religión como una herramienta para enfrentar y crear conflictos entre las personas; así la Iglesia durante siglos se ha enfrascado en brutales persecuciones contra protestantes, judíos, musulmanes, etc.
Queda claro que la religión, lejos de ser un elemento que favorezca la paz y la armonía entre las personas, no es más que una herramienta de la que se valen las élites para saciar su ilimitada ansia de poder y riquezas. La religión es la industria diseñada expresamente con la finalidad de ampliar las esferas de poder de una reducida élite dirigente. Es un negocio muy lucrativo para la Iglesia y su opulenta jerarquía. La mayor obra de ingeniería social ideada por la mente humana en toda la historia de la humanidad.
De igual modo la Iglesia históricamente ha promovido la violencia, el odio y la segregación entre grupos de personas que profesan distintas confesiones, empleando la religión como una herramienta para enfrentar y crear conflictos entre las personas; así la Iglesia durante siglos se ha enfrascado en brutales persecuciones contra protestantes, judíos, musulmanes, etc.
Queda claro que la religión, lejos de ser un elemento que favorezca la paz y la armonía entre las personas, no es más que una herramienta de la que se valen las élites para saciar su ilimitada ansia de poder y riquezas. La religión es la industria diseñada expresamente con la finalidad de ampliar las esferas de poder de una reducida élite dirigente. Es un negocio muy lucrativo para la Iglesia y su opulenta jerarquía. La mayor obra de ingeniería social ideada por la mente humana en toda la historia de la humanidad.
El cristianismo como precursor de la solución final nazi.
En el siglo V los cristianos tenían la entrañable costumbre de atacar a las comunidades judías durante la Semana Santa y quemar sus sinagogas. En el Cuarto Concilio de Letrán, convocado por Inocencio III en 1215, les fue impuesta a los judíos la obligación de llevar cosido a la ropa un distintivo amarillo, ¡SIETE siglos antes de que lo hicieran los nazis ya lo hacían los cristianos! Los nazis no inventaron absolutamente nada, simplemente se limitaron a copiar lo que los cristianos hicieron la friolera de siete siglos antes.
En el siglo XII nació lo que más tarde se daría en llamar el "libelo sangriento", es decir la creencia de que los judíos torturaban y sacrificaban a niños cristianos, que practicaban crímenes rituales, sacrificios humanos y profanación de hostias. De nuevo la propaganda nazi no inventó nada, simplemente recogía rumores y creencias multiseculares creadas por los cristianos en contra de los judíos. El papa Pablo IV instituyó los guetos para los judíos; los nazis no inventaron nada.
En Roma los papas celebraron durante siglos una ceremonia antijudía en su camino hacia la basílica de San Juan de Letrán. Durante la liturgia del Viernes Santo del Misal romano, el celebrante rogaba por los "pérfidos judíos" y pedía que "Dios retire el velo que cubre sus corazones, de forma que también ellos puedan reconocer a nuestro Señor Jesucristo". Esta oración siguió en vigor hasta que fue abolida por el papa Juan XXIII (1958-1963), es decir hasta hace cuatro días como quien dice; el nazismo ya era historia pero los cristianos seguían con su tradicional antijudaísmo; Juan XXIII pidió perdón por el tradicional antijudaísmo cristiano.
El tradicional antijudaísmo cristiano creó el clima apropiado que desembocaría finalmente en la Solución Final nazi. Entre 1881 y 1882 aparecieron acusaciones de crímenes rituales en la principal revista de los jesuitas, Civiltà Cattolica, donde se aseguraba que los infanticidios con motivo de las celebraciones pascuales eran "práctica común" en el Este europeo, y que el uso de la sangre de un niño cristiano era una ley general; según los jesuítas los judíos cada año crucificaban a un niño y para que el sacrificio sea efectivo "el niño debe morir en el tormento".
Los denominados Padres de la Iglesia, los grandes escritores cristianos de los seis primeros siglos de la cristiandad, dieron abundantes pruebas de antijudaísmo. "La sangre de Jesús -escribía Orígenes- caerá no sólo sobre los judíos de aquel tiempo, sino sobre todas sus generaciones hasta el fin de los tiempos". Y san Juan Crisóstomo afirmaba: "La sinagoga es un burdel, un escondrijo para bestias inmundas". Un discurso que perfectamente podrían firmar Hitler, Himmler o Heydrich.
En el siglo XII nació lo que más tarde se daría en llamar el "libelo sangriento", es decir la creencia de que los judíos torturaban y sacrificaban a niños cristianos, que practicaban crímenes rituales, sacrificios humanos y profanación de hostias. De nuevo la propaganda nazi no inventó nada, simplemente recogía rumores y creencias multiseculares creadas por los cristianos en contra de los judíos. El papa Pablo IV instituyó los guetos para los judíos; los nazis no inventaron nada.
En Roma los papas celebraron durante siglos una ceremonia antijudía en su camino hacia la basílica de San Juan de Letrán. Durante la liturgia del Viernes Santo del Misal romano, el celebrante rogaba por los "pérfidos judíos" y pedía que "Dios retire el velo que cubre sus corazones, de forma que también ellos puedan reconocer a nuestro Señor Jesucristo". Esta oración siguió en vigor hasta que fue abolida por el papa Juan XXIII (1958-1963), es decir hasta hace cuatro días como quien dice; el nazismo ya era historia pero los cristianos seguían con su tradicional antijudaísmo; Juan XXIII pidió perdón por el tradicional antijudaísmo cristiano.
El tradicional antijudaísmo cristiano creó el clima apropiado que desembocaría finalmente en la Solución Final nazi. Entre 1881 y 1882 aparecieron acusaciones de crímenes rituales en la principal revista de los jesuitas, Civiltà Cattolica, donde se aseguraba que los infanticidios con motivo de las celebraciones pascuales eran "práctica común" en el Este europeo, y que el uso de la sangre de un niño cristiano era una ley general; según los jesuítas los judíos cada año crucificaban a un niño y para que el sacrificio sea efectivo "el niño debe morir en el tormento".
Los denominados Padres de la Iglesia, los grandes escritores cristianos de los seis primeros siglos de la cristiandad, dieron abundantes pruebas de antijudaísmo. "La sangre de Jesús -escribía Orígenes- caerá no sólo sobre los judíos de aquel tiempo, sino sobre todas sus generaciones hasta el fin de los tiempos". Y san Juan Crisóstomo afirmaba: "La sinagoga es un burdel, un escondrijo para bestias inmundas". Un discurso que perfectamente podrían firmar Hitler, Himmler o Heydrich.
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El pecado original.
La Iglesia pretende imbuir en la mente de las personas la demencial idea de que toda la humanidad, miles de millones de personas, tanto las ya nacidas como las que están por nacer en los siglos venideros, hagan lo que hagan están irremediablemente condenadas desde el preciso instante de su concepción debido a una supuesta desobedencia cometida por los que el dogma considera que fueron los primeros seres humanos: Adán y Eva.
Lo que pretenden hacernos creer este hatajo de asesinos, torturadores y violadores, es que por un miserable fruto, la humanidad entera está condenada a sufrir toda clase de calamidades durante toda su existencia. La doctrina religiosa dice que Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno y misericordioso. Pues bien, según el dogma del pecado original resulta que Dios es infinitamente vanidoso y rencoroso por castigar tan desproporcionadamente el hecho de comer una miserable manzana. Esta es una más de las innumerables contradicciones a las que nos tiene acostumbrados la religión: Dios es infinitamente bueno y misericordioso pero a la vez infinitamente vanidoso, rencoroso e injusto. Demencial, como todo lo que tiene que ver con la religión.
Lo que pretenden hacernos creer este hatajo de asesinos, torturadores y violadores, es que por un miserable fruto, la humanidad entera está condenada a sufrir toda clase de calamidades durante toda su existencia. La doctrina religiosa dice que Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno y misericordioso. Pues bien, según el dogma del pecado original resulta que Dios es infinitamente vanidoso y rencoroso por castigar tan desproporcionadamente el hecho de comer una miserable manzana. Esta es una más de las innumerables contradicciones a las que nos tiene acostumbrados la religión: Dios es infinitamente bueno y misericordioso pero a la vez infinitamente vanidoso, rencoroso e injusto. Demencial, como todo lo que tiene que ver con la religión.
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viernes, 9 de julio de 2010
La homosexualidad como pecado y delito.
Durante el franquismo, la Iglesia gozaba de un poder total, encontrándose infiltrada a todos los niveles: social, político, económico, etc. La Iglesia y el franquismo estaban indisolublemente unidos en la doctrina denominada nacionalcatolicismo. No se puede decir que el franquismo fue dañino y pernicioso para España sin aplicar los mismos calificativos a la Iglesia católica.
En esa época cosas como la homosexualidad o la blasfemia estuvieron tipificadas como delito en el código penal, pudiendo ser enviados a la cárcel aquellos que fuesen encontrados culpables de tales "delitos"; esto es lo que pasa cuando se le da a la Iglesia poder para legislar, sucediendo que comienzan a aplicar la única ley que conocen, la ley de Dios, convirtiendo el Estado en una teocracia; cuando se le da poder a los curas, éstos se desmadran y comienzan a legislar con la Biblia en la mano, aplicando todas las barrabasadas que en ésta se hayan recogidas.
La Iglesia no entiende absolutamente nada de derechos humanos o libertades individuales; de este modo aun hoy en día la Iglesia y su opulenta jerarquía siguen sosteniendo empecinadamente que la homosexualidad es un "pecado", promoviendo y alentando entre la población conductas, tales como la homofobia, que se consideran superadas en las sociedades actuales.
La tradicional estructura autocrática y autoritaria de la Iglesia, hace que históricamente se haya llevado muy bien con los regímenes dictatoriales, dado que se ve replicada en ellos; y así es como la Iglesia ha proporcionado apoyo moral y justificación ideológica a los más violentos regímenes fascistas y brutales dictaduras militares del siglo XX en todo el mundo.
Sin salirnos de España, la Iglesia y el franquismo eran una sóla y la misma cosa, como ha quedado dicho más arriba, teniendo la guerra civil española carácter de "cruzada" y siendo Franco considerado caudillo "por la gracia de Dios", como quedó acuñado en las monedas de la época. Para el papa Pío XII, la forma ideal de gobierno era la que se daba en España, y así felicitó personalmente a Franco por la "victoria católica" en España, llegando a otorgar a Franco en 1953 en una solemne ceremonia la más alta condecoración que concede el Vaticano: la Suprema Orden de Cristo.
En esa época cosas como la homosexualidad o la blasfemia estuvieron tipificadas como delito en el código penal, pudiendo ser enviados a la cárcel aquellos que fuesen encontrados culpables de tales "delitos"; esto es lo que pasa cuando se le da a la Iglesia poder para legislar, sucediendo que comienzan a aplicar la única ley que conocen, la ley de Dios, convirtiendo el Estado en una teocracia; cuando se le da poder a los curas, éstos se desmadran y comienzan a legislar con la Biblia en la mano, aplicando todas las barrabasadas que en ésta se hayan recogidas.
La Iglesia no entiende absolutamente nada de derechos humanos o libertades individuales; de este modo aun hoy en día la Iglesia y su opulenta jerarquía siguen sosteniendo empecinadamente que la homosexualidad es un "pecado", promoviendo y alentando entre la población conductas, tales como la homofobia, que se consideran superadas en las sociedades actuales.
La tradicional estructura autocrática y autoritaria de la Iglesia, hace que históricamente se haya llevado muy bien con los regímenes dictatoriales, dado que se ve replicada en ellos; y así es como la Iglesia ha proporcionado apoyo moral y justificación ideológica a los más violentos regímenes fascistas y brutales dictaduras militares del siglo XX en todo el mundo.
Sin salirnos de España, la Iglesia y el franquismo eran una sóla y la misma cosa, como ha quedado dicho más arriba, teniendo la guerra civil española carácter de "cruzada" y siendo Franco considerado caudillo "por la gracia de Dios", como quedó acuñado en las monedas de la época. Para el papa Pío XII, la forma ideal de gobierno era la que se daba en España, y así felicitó personalmente a Franco por la "victoria católica" en España, llegando a otorgar a Franco en 1953 en una solemne ceremonia la más alta condecoración que concede el Vaticano: la Suprema Orden de Cristo.
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La fe.
La fe es un elemento clave de la religión. Consiste en creer en algo sin necesidad de tener pruebas a su favor, y aun teniendo pruebas en contra. Por lo tanto la fe es un mecanismo que bloquea el pensamiento racional.
La Iglesia ha conseguido imbuir en la mente de las personas la demencial idea de que la fe es una virtud y que cuanta más fe se tenga, es decir, cuanto más en contra de la razón se vaya, más virtuoso se es.
La Iglesia ha conseguido imbuir en la mente de las personas la demencial idea de que la fe es una virtud y que cuanta más fe se tenga, es decir, cuanto más en contra de la razón se vaya, más virtuoso se es.
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