martes, 27 de julio de 2010

Secularizar la reproducción.

CARLOS PARÍS.

No deja de resultar curiosa y sorprendente la atención obsesiva que la jerarquía católica otorga a la sexualidad y la reproducción humanas dentro de la moral. Una acumulación de hechos pone al vivo y renueva esta ancestral actitud. Es la imagen de Benedicto XVI combatiendo el uso del preservativo en África, un continente azotado por el sida. La incitación a las cofradías de Semana Santa, al parecer sin excesivo éxito, para que se manifestaran contra el proyecto de ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Son las barreras levantadas contra la experimentación y utilización de embriones, prácticas capaces de remediar enfermedades. Y las campañas provocativas, en las que se presenta a los fetos abortados como niños bárbaramente trucidados. O las insistentes convocatorias para manifestarse contra el matrimonio homosexual, en nombre de la familia tradicional que, tan frágil al parecer como el Licenciado Vidriera, está a punto de quebrarse.

Tal empecinada campaña contra realidades que abren espacios de libertad y progreso contrasta con el silencio –sólo alterado por algunas piadosas declaraciones– ante la injusticia en la distribución del poder y la riqueza entre los pueblos y las clases sociales. A la par que los movimientos que, dentro del mismo catolicismo, tratan de luchar contra esta injusticia, como la teología de la liberación y los movimientos de cristianos de base, son considerados con rechazo y condenación. Mirando hacia nuestro pasado podríamos recordar la bendición de una sublevación contra el Gobierno legítimo de la II República, bautizada por los obispos, nada menos que como “cruzada”.
Es un contraste que nadie ha expresado mejor que el católico Julián Marías, cuando afirmaba que el mayor crimen del siglo XX –el siglo ensangrentado por dos guerras mundiales, el Holocausto, el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki– había sido, precisamente, la legalización del aborto. Y, refiriéndome ahora a mi experiencia personal, puedo alegar que, si mis artículos de prensa han sido, naturalmente, objeto tanto de alabanzas como de críticas, cuando he tocado el tema del aborto las discrepancias se han convertido en enfurecidos insultos.

Ante esta situación no cabe sino preguntarse: ¿a qué se debe esta obsesión por el sexo? ¿En qué motivaciones se asienta? Brevemente apuntemos algunas. La función reproductiva sirve a la continuidad de la especie, pero, al mismo tiempo, está determinada por una fuerte pulsión que desborda tal objetivo y se hace independiente de él, buscando realizaciones amorosas o placenteras, desvinculadas de la procreación. Cuando en la mentalidad bíblica aquello que absorbentemente se impone es la continuidad y crecimiento del “pueblo elegido”, cualquier desviación sexual de la función reproductiva será anatematizada como altamente peligrosa. Y así la moral bíblica encierra la sexualidad en el ámbito de la familia, dirigida por el patriarca. Además, el cristianismo, bajo la influencia de órficos y pitagóricos –subrayada por el ilustre helenista Werner Jaeger, así como la del neoplatonismo–, añadirá la visión negativa del cuerpo y sus impulsos. Para los órficos, el cuerpo era una “prisión del espíritu”, para los cristianos, la carne es uno de los “enemigos del alma”. Y, consecuentemente, se exalta la virginidad, al par que la represión de nuestras pulsiones se acentúa, imponiendo dentro del catolicismo el celibato sacerdotal.

Con singulares efectos, increíbles desahogos. Amigos que siguieron estudios eclesiásticos me han relatado el morboso detalle con que los profesores se detenían en los “pecados carnales”. Y, así, en uno de los manuales latinos que estudiaban, se enumeraban detenidamente los animales con los que se realizaban los actos de bestialidad, aunque no se dejaba de apuntar que realizar tales actos con tigres era infrecuente, “rare cum tigribus”. Desahogos que ya no resultan nada divertidos cuando conducen a la pederastia.

Mas, a la preocupación por la reproducción, se añade el aura de milagro que tiene el nacimiento de un nuevo ser humano. Parecería un atributo propio del Creador que, si bien lo ha concedido a los humanos, ha de ajustar su práctica a los dictados de una naturaleza intocable. Cualquier intervención de la técnica humana que altere el proceso generador significa una profanación. Y el papel principal que juega la mujer es percibido con el temeroso recelo que el patriarcalismo, dominante en nuestra Historia, convierte a la mujer en una fuerza que hay que controlar.

Los vientos de la modernidad, empero, han ahuyentado arcaicos prejuicios. Hombres y mujeres, gracias a los impulsos de la Ilustración y el feminismo, se han liberado de la alienación y sufrimiento con que su corporalidad era sometida. Y la técnica, superando la mitología de una naturaleza intocable, ha abierto las posibilidades de una sexualidad realizadora de nuestras pulsiones, con independencia de su orientación procreadora. La nueva conciencia no renuncia a la ética, lo que exige es una sociedad presidida por la libertad, en la que ningún ser humano sea violentado ni por tabúes ni por el poder o el dinero que han dominado las relaciones eróticas bajo las declaraciones de la hipócrita moral tradicional. Nadie obliga a quienes, como católicos tradicionales, mantengan su obediencia a los dictados jerárquicos, negando el aborto y la sexualidad emancipada. Pero resulta intolerable que, ante tales avances, la jerarquía católica no sólo permanezca ciega para ellos, sino que trate de imponer sus prejuicios al Estado y a quienes somos ajenos al redil.

Carlos París es Filósofo y escritor.

Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/1214/secularizar-la-reproduccion/