martes, 27 de julio de 2010

Giordano Bruno.

El 17 de febrero de 1600 fue llevado al Campo dei Fiori, en Roma. Vejado, desnudado, atado a un palo, su lengua aferrada a una prensa de madera para evitar que hablase y finalmente quemado vivo. Su nombre: Giordano Bruno. Su crimen: pensar de otro modo. Pensar, contra los dogmas, a secas.

“Hereje impenitente, pertinaz, obstinado”. Ese fue su delito a ojos de la Iglesia Católica que lo juzgó, lo mantuvo preso entre 1592 y 1600 y lo llevó a la hoguera (1). Era algo peor que un hereje, era un hereje que se negaba a retractarse, que no cedía, que quería mantenerse fiel a sus principios y a sus ideas porque no le habían demostrado la falsedad de éstas.

Frente a la Iglesia, que, Biblia en mano, defendía dogmáticamente que sólo un mundo se había creado, Bruno hablaba de la pluralidad de los mundos y los sistemas solares; allí donde, Biblia mediante, el Sol daba vueltas alrededor de la Tierra, él optó por el heliocentrismo; habló también de la infinitud del espacio y el Universo – cuando sólo el dios cristiano podía ser infinito - y del movimiento de los astros.

La primera gran defensa del copernicanismo se debió a este monje rebelde. Se llevó a cabo en su diálogo “La cena de las cenizas”, que tomó su nombre de la discusión sobre el heliocentrismo en la cena del miércoles de ceniza de 1584 en la residencia Fulke Greville, en Whitehall.

La mentalidad dominante de la época podía resumirse en las posturas de Cremonini y Libri, profesores de filosofía en la Universidad de Padua, en tiempos de Galileo Galilei: éstos cuestionaron la idea de otras lunas en Júpiter, o de la existencia de cráteres y montañas en la Luna con el argumento de que la imperfección de la Luna atacaba los principios mismos del dogma religioso, ya que el dios bíblico había creado un cielo perfecto, y la existencia de objetos invisibles al hombre como los satélites de Júpiter cuestionaba la afirmación del Génesis de que se habían creado las estrellas para deleite del hombre – ¡y qué sentido tiene entonces crear cosas que no se pueden ver a simple vista! -; pero lo curioso del caso no es que éstos dos filósofos defendiesen esas posturas, sino que se negaron toda su vida a mirar por un telescopio, pese al ofrecimiento de Galileo de hacerlo y comprobarlo por ellos mismos:

“No les bastaría – escribió Galileo – el testimonio de la misma estrella si bajase a la Tierra y hablase de sí misma”.

El caso de Bruno lo tendría muy presente Galileo en su juicio. Su asesinato y agonía sirvió para dar una lección. Para meter el miedo en el cuerpo.

El 8 de febrero – cuando le estaban leyendo la sentencia en Roma por la que se le declaraba herético, impenitente, pertinaz y obstinado, Giordano Bruno se dirigió a los jueces para decirles: “Tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla“

Ninguna de sus obras se reeditaría antes del siglo XVIII.

Notas:

(1) Por cierto, que el proceso inquisitorial al que fue sometido estuvo dirigido por el cardenal Roberto Belarmino, el mismo que llevaría un juicio similar contra Galileo Galilei.

Y en el Ateneo vamos a proyectar el lunes 2 de agosto a las 20h, la película “Giordano Bruno“, de Gian María Volante – que véis en el video de youtube – y el lunes 9 de agosto, a la misma hora, “Galileo” de Joseph Losey, basada en el texto de la obra teatral de Bertolt Brecht.

Fuente: http://blogs.tercerainformacion.es/victorcasco/2010/07/25/santoral-giordano-bruno/